martes, 7 de julio de 2009

Aprendí a rezar...


No recuerdo exactamente cuándo ni como. Pero sí recuerdo dónde. Rezar, comunicarme con Dios, ha sido en mi vida una de esas experiencias que han nacido y crecido conmigo, que pertenecen a mi identidad desde el principio. Quizás porque me eduqué en una familia normalita, y en un pueblo pequeño. Tal vez porque crecí en medio de la naturaleza, junto al agua, los olivos o el trigo, o porque me moldeó el sol y el viento de la sierra, con la parva y la fiesta, los cohetes y las canciones. Seguro que fue porque mi madre me tuvo mucho en sus brazos y en sus hombros. Porque para ella hablar de Dios y de la vida es lo mismo, y utiliza las mismas palabras, el mismo lenguaje, los mismos sentimientos...


En esa iglesia aprendí a rezar. ¿Cómo no va a estar mi fe marcada por ese lugar donde comencé a vivirla? Recuerdo cómo mi prima me tomó en brazos y me explicó -enseñándome- que Jesús tenía las manos y el costado heridos. No me olvido de los rosarios rezados al caer de la tarde en memoria de algún difunto (el Rosario fue la primera oración que aprendí, qué casualidad...), ni de las flores que inocentemente ponía al pie de la Virgen, o de las velas encendidas. Ni tampoco de la bronca del cura cuando debía de molestar demasiado en Misa... Del monumento del Jueves santo o de la adoración de la Cruz el viernes. De las procesiones sencillas y emocionantes, de las canciones populares...


Aprendí a rezar a la vez que aprendí a hablar, claro que sí. Dios se me hizo a la medida de mi gente y de mi ermita, pequeño, familiar. A la medida de los brazos de mi madre, tierno y acogedor, sencillo y claro. Profundo como mis vecinos, con ganas de fiesta, solidario y parlanchín... Cercano como los cerros y los paisajes de montaña. Pobre, muy pobre. Y feliz, tremendamente feliz.


Ahora que me he hecho mayor, y he dado tantas vueltas a las grandes teologías, me doy cuenta de que aquella experiencia primordial me marcó. Que Dios nos sale al encuentro así, pequeño, familiar, tan cercano a nosotros que se nos confunde con uno de los nuestros.

1 comentario:

Ayllón dijo...

Es que Él es uno de los nuestros!!! ahí está el milagro!!

Me emocionó tu memoria agradecida. Me animaste a visitar de nuevo mi primera parroquia. GRACIAS