domingo, 28 de junio de 2009

Un año más

Hoy, un año más, vuelve a ser mi aniversario. Durante la mañana revivía lo que iba haciendo exactamente hace seis años, en el mismo momento. ¡Cuántas emociones! Entonces yo no sabía lo que iba a significar en mi vida esto de ser sacerdote. Sabía lo que quería, pero Dios tenía que poner el cómo y el con quién… Hoy, seis años después, digo que soy feliz, aunque la palabra me resulte agotada y pequeña…

Un año más de cura, qué suerte la mía. Los primeros años quería recordarlo a lo grande. Ahora disfruto cuando me encuentro a solas con El que es protagonista de esta historia y hablamos juntos de nuestras cosas. Él es grande y siempre me da más de lo que puedo esperar. En la intimidad disfrutamos de este día, recordando lo vivido y proyectando lo que está por venir… Mi gente más cercana se ha hecho presente con unos mensajes que me emocionan. ¡Uff! Esto es el ciento por uno que prometiste…

¿Qué tiene de especial este aniversario? Hay una palabra que lo define. Debilidad. Me siento débil. Y esto no significa que esté mal, o tenga crisis… Es una suerte ser sacerdote débil, pienso yo. En otras ocasiones, en otras teologías, se me dijo que el “ministro de Cristo” era tan poderoso, su ministerio tan utilísimo, su persona tan sagrada… Y yo me siento débil, muy débil.

Miro mis manos y veo que no hacen todo el bien que pueden. Ni mis palabras llegan a todos, y a veces se pasan en crueldad. Tantas veces soy miedoso, o perezoso otras. ¡Mi vida es tan poco significativa entre los que convivo! Mis continuos fallos me asustan. Muchas noches acabo enfadado conmigo mismo: ¿Esto es lo que se espera de mí? ¿Este ha sido todo el bien que he podido hacer? Soy verdaderamente débil. Dios y yo lo sabemos… Me espanta mi miseria, pero me consuela su ternura.

Muchas veces llega gente que se siente agradecida hasta mí. Dicen que les hago bien, que si mis palabras, que si el hecho que esté cerca, que si que escucho, que si que aconsejo…. Ahí es cuando me doy cuenta de que es Él quien lleva esta historia, este sacerdocio. Y me asombro, porque no es ninguna tontería, sino su presencia real, tan sagrada y tan humana, manifestada en mi debilidad.

Hoy, Él y yo, brindamos por mi debilidad. Y lo hacemos con esas personas buenas –que sin yo merecerlo- Él ha puesto a mi lado. Qué afortunado soy. Jamás llegué a imaginar que ser cura me hiciese tan feliz…


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