domingo, 28 de junio de 2009

Amigos y dolores


Le estoy dando vueltas en estas últimas semanas a ese gran regalo -a la vez que Misterio- que es la amistad, que son los amigos. He valorado (¡Dios sabe cuánto!) el hecho de tenerlos. No son muchos, es cierto. Pero me siento querido por personas a quien me honro al llamar con esa palabra tan maravillosa: amigo, amiga.

Cuando era adolescente confieso que tenía pocos, o tal vez ninguno. Compañeros sí, pero amigos no. Siempre fui un niño solitario. Mis primeros años en la vida religiosa me sentí muy solo. Tampoco encontré a nadie a mi medida. Un hermano mayor me profetizaba que Dios me los pondría en el camino en el momento oportuno. Hoy los tengo, por eso los valoro tanto. Pero tengo una espinita clavada…

Tal vez no sepa ser buen amigo. Las mayores frustraciones de mi vida (y esto es así de cierto) han venido de personas queridas; amigos, a los que por circunstancias dejé marchar. Eso me hizo sufrir más de lo que creía. No he leído libros sobre el tema, ni he tenido maestros que me expliquen cómo se lleva esta aventura tan hermosa. Doy palos de ciego en esto de la amistad. Y soy consciente de que quizás esté haciendo daño a quienes quiero, o quizás me esté haciendo daño a mí mismo por temor a aclarar, a expresar lo que siento (que ni yo lo sé siquiera…). Muchas veces me ronda el miedo a defraudarlos, que estén a mi lado y se hagan ilusiones de quien no soy y puedan sufrir conmigo…

Le doy vueltas a esto de la amistad con frecuencia, es cierto. En estos días particularmente. Leía en un blog magnífico, la frase que yo quería decir y no me salía: “Nunca he sabido cómo ser un buen amigo; estoy aprendiendo…” Es una suerte tener amigos como los míos, aun cuando no los entienda o sufra por ellos. Es una suerte estar vivo y sufrir por estas cosas…

1 comentario:

Ayllón dijo...

En un momento de mi andadura decidí usar más esa palabra: Amigo. La gente suele usarla poco porque le dan muchísimo peso. Sin dejar de quitarle el peso que tiene para algunos, yo por mi parte decidí llamar "amigo" a aquel que Dios pusiera en mi camino, sin necesidad de hacerle "ganar ese título"
Quizá con ese gesto no vaya a cambiar el mundo (aún) pero sí que cambió mi manera de entregarme, mi interés por el otro. Y es que el "adjetivo" hace mucho.

Gracias por citarme en tu blog. Es un honor, amigo (ya te puedo llamar así)