martes, 19 de mayo de 2009

Premio de poeta


Ya lo he dicho aquí varias veces. En ocasiones me planteo mi vida como un fracaso asumido con paz y confianza. No haré grandes cosas a lo largo de mi existencia. Probablemente me rodearé (como hasta ahora) de pequeña gente que pase desapercibida. Mis trabajos poco aportarán a la sociedad, o incluso al bien de las personas. He entregado mi tiempo a vivir en un cierto olvido y abandono. Sin ser imprescindible nunca para nadie. Sin hacer ningún acto digno de un héroe. Y lo he hecho voluntariamente, no me arrepiento, sino que quiero definirme desde aquí. Tal vez desde el fracaso, el olvido, la contradicción. No se me oculta que así soy comprendido por algunos, y que este será mi sino de por vida.


Convivo con una belleza especial que oculta lo pequeño. Y es tal que en ocasiones ni yo mismo percibo. Vigilo lo más mínimo que se despierta en el interior del ser humano, de mí incluso. Cuido, creo. Me enamoro mucho. Me asombro, cada vez menos, qué pena. Me entreno en amores extraños, incomprensibles, bellos. Disfruto, gozo, aunque haya días en que ni siquiera yo me entiendo. He apostado por un Sueño, a todas luces imposible. Y en él sigo jugando. He cedido el corazón, quizás a ratos, a un Amor que lo es todo, y a veces nada, que me llena y a la vez me deja solo... Sé que soy raro, que nunca seré fecundo, y esto sí me duele.


Y soy tímidamente feliz aunque a ratos lo niegue... Y sigo caminando, porque quiero y porque no sé ya mirar a otro horizonte que me llene tanto... No soy un poeta; soy un pobre enamorado, que quiere dejar la vida en esto, para rendirle así el mejor tributo.


Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas?
Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida;
somos los mensajeros de algo que no entendemos.
Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste;
si miramos, es sólo para verterlo en voz.

No podemos coger ni la flor de un vallado
para que sea nuestra y nada más que nuestra,
ni tendemos tranquilos en medio de las cosas,
sin pensar, a gozarlas en su presencia sólo.

Nunca sabremos cómo son de verdad las tardes,
libre de nuestra angustia su desnuda belleza;
jamás conoceremos lo que es una mujer
en sus profundos bosques donde hay que entrar callado.

Tú no nos das el mundo para que lo gocemos,
Tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.
Y después que la tierra tiene voz por nosotros
nos quedamos sin ella, con sólo el alma grande...

Ya ves que por nosotros es sonora la vida,
igual que por las piedras lo es el cristal del río.
Tú no has hecho tu obra para hundirla en
silencio,
en el silencio huyente de la gente afanosa;
para vivirla sólo, sin pararse a mirarla...

Por eso nos has puesto a un lado del camino
con el único oficio de gritar asombrados.
En nosotros descansa la prisa de los hombres.
Porque, si no existiéramos, ¿para qué tantas cosas
inútiles y bellas como Dios ha creado, tantos ocasos rojos,
y tanto árbol sin fruta, y tanta flor, y tanto pájaro
vagabundo?

Solamente nosotros sentimos tu regalo
y te lo agradecemos en éxtasis de gritos.
Tú sonríes, Señor, sintiéndote pagado
con nuestro aplastamiento de asombro y
maravilla.

Esto que nos exalta sólo puede ser tuyo.
Sólo quien nos ha hecho puede así destruirnos
en brazos de una llama tan cruel y magnífica...

Tú que cuidas los pájaros que dicen tu mensaje,
guarda en la muerte nuestros cansados corazones;
dales paz, esa paz que en vida les negaste,
bórrales el doliente pensamiento sin tregua.

Tú nos darás en Ti el Todo que buscamos;
nos darás a nosotros mismos, pues te tendremos
para nosotros solos, y no para cantarte.

(José María Valverde)

Mi cruz


Cuando era pequeño mi madre me regaló una cruz. Creo que fue para la primera comunión. Éramos pobres y ha sido mi única alhaja de por vida. Una cruz pequeña de oro, fruto de muchos sacrificios, con su Cristo pequeño colgado en ella. Mi madre la guardaba, como se guarda lo sagrado y valioso, ¡y a veces olvidaba en qué lugar de la casa la había puesto! Cuando crecí se la pedí para tenerla colgada. Repito que era mi única joya. Mientras estaba en el instituto la llevé colgada, y me gustaba llevarla a la vista. Quería yo demostrar que era cristiano y esa era la manera más fácil y cómoda. Supongo que fue entonces cuando la mordisqueé y jugueteaba con ella.

Luego fui catequista, a finales del bachillerato y comienzos de la carrera. Y entendí que no debía llevar una cruz de oro, ostentosa y burguesa; por eso me coloqué una de madera, pequeña y sencilla. Pero a la vista, claro. Cuando decidí empezar esta vida consagrada y dominicana, me desprendí de cruces. No quise llevar ningún signo externo que hablara de Aquel a quien amaba profundamente. Quería que fuese mi vida, mis gestos, quienes lo dijeran y predicaran. La mejor cruz es la que uno lleva por dentro, en silencio y con exigencia... Y me sentí a gusto así, y lo hice durante años.

El día en que me ordenaron cura mi madre sacó la cruz pequeña, ¡mi única alhaja! y me la colgó como algo sagrado al pecho. Cada vez que la miro me recuerda tantas cosas: mi familia, nuestra pobreza, mi compromiso, la exigencia con la que debo vivir, mi sacerdocio, mi historia personal... La he vuelto a sacar por fuera; reconozco que a veces me da corte. Otras me siento orgulloso de ser quien soy, de vivir lo que vivo. Jamás quiero que sea un signo de privilegio, sino una exigencia de compromiso, una señal de disponibilidad.

A los niños les gusta vérmela puesta, y yo les cuento su historia pequeñita. A veces me sirve para explicarles cómo los grandes bienes de la Iglesia -como es mi cruz para mí- no sirven para arreglar los problemas del mundo, pero sí para motivar a sus "dueños" a comprometerse con el mundo. Como hizo Aquel a quien amamos y decimos servir...

El verano pasado, alguien querido, me regaló una cruz austera con los colores de nuestra Orden. Me la he puesto en estos últimos meses, y me gusta. Ahora la llevo colgada. Quiero ser de Cristo, y como Cristo, aunque esté a años luz de conseguirlo. Cada vez que la miro, vuelvo a intentarlo.

Más luz


En estos días ha cambiado el panorama que se ve desde mi habitación. Cuando llegué aquí un árbol gigantesco de pimienta estaba delante de mi ventana; en ocasiones hasta las ramas se colaban dentro, y más de una vez el viento me metía hojas. Todo muy romántico. Por el tronco subían los gatos más valientes a cazar pájaros en el tejado. Ya estaba acostumbrado a esta vista. Es verdad que tenía que encender la luz más tiempo, y que el paisaje no era nada del otro mundo. Pero la pimienta tenía Historia. Supuestamente fue sembrada en torno a 1530 por fr. Luis de Granada, y quizás a su lado empezó a escribir sus primeras obras místicas. Para los dominicos esta casa se ha identificado con ese árbol durante bastantes años. Tanto que hasta pedían las semillas para plantarlas en lugares emblemáticos...

Pues la pimienta llevaba tiempo con el tronco partido. Y en los días de viento amenazaba con venirse abajo. Las tejas de su alrededor acaban siempre destruidas... Y no merecía la pena. Por eso, en estos días, la famosa pimienta se ha cortado. Ha sido necesaria una grúa, un montón de obreros y de tiempo para dejar de ella un tronco de apenas un metro de altura. Nos hemos quedado sin pimienta... y no ha pasado nada.

Y ahora da gusto asomarse a la ventana y ver un trozo de horizonte. Y cuando pega el sol casi hay que protegerse... Hemos salido ganando, sin duda. A veces la Historia, con sus mitos, nos impide ver la luz, el horizonte, la claridad. Me dan miedo los cambios, pero sé que son necesarios. Que del pasado no se puede vivir, porque tiene ya poca savia. Estos días, la pimienta me hacía pensar en la Iglesia, claro. En su presente, en su apego excesivo a tradiciones demasiado atrasadas. Quizás somos vistos como un adorno antiguo que nos aparta de la luz, y que no deja entrar el calor en tantas almas frías pendientes de un mero tronco...

Y he pensado en mí, en mis costumbres y rutinas miserables; en que a veces soy un tronco seco que separo más que uno. En que nunca uno debe dejarse dormir, y creer que ya está donde siempre quiso. En que debo cortar tantos mitos maravillosos en mí o de mí...

Nos hemos quedado sin pimienta, y no ha pasado nada. Hasta los gatos miran para arriba extrañados... Pero luego retozan y juegan con sus crías. Qué bien que la vida sigue, qué bien que existe la poda, qué bien que la vida sigue siendo un maravilloso presente para conquistar.

A tu lado

Otra de esas canciones de antología que uno nunca deja de escuchar. "A tu lado". Lo he dicho en mi vida a personas muy queridas. "Contigo camino", "a tu lado es maravilloso hacer historia", "seguiré a tu lado"... Ya lo digo menos, pero lo pienso tanto o más. Me dí cuenta de que mis palabras son frágiles y mis compromisos tan débiles... Me da miedo andar con quienes quiero pensando que tal vez, por tonto, les pueda hacer daño. No quiero poseer a nadie, ni hacerme imprescindible en nadie. Tampoco tengo fuerzas para salvar a nadie. Tengo muy poca cosa que ofrecer a quienes quiero. Pero, desde esta fragilidad, me siento dichoso de poder caminar "al lado" de algunos...
Y ese "a tu lado" se lo he dicho a Alguien más especial. También entre debilidades y miserias. Pero con un gozo especial. ¡Si no fuera por tí! ¡Si no fuera porque vienes a mi lado! Por eso me siento más feliz cuando siento que es Él quien me lo vuelve a repetir... Y no se cansa de hacerlo...

He muerto y he resucitado.
Con mis cenizas un árbol he plantado,
su fruto ha dado y desde hoy algo ha empezado.
He roto todos mis poemas,
los de tristezas y de penas,
lo he pensado y hoy sin dudar vuelvo a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
Ya no persigo sueños rotos,
los he cosido con el hilo de tus ojos,
y te he cantado al son de acordes aún no inventados.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.

Inconstante


Eso pensará quien no me conozca y se acerque de vez en cuando a este blog: que soy inconstante. ¡Quienes me tratan ya sé que lo saben por experiencia! No soy constante en muchas cosas, y me arrepiento de ello, y soy consciente que esa es una sombra que me acompañará creo que de por vida... Quizás porque tengo cierto ramalazo adolescente todavía; o porque culpo a los demasiados trabajos que cojo y me echo encima... Tal vez porque me gusta experimentarlo todo, correr a lo nuevo (personas, sensaciones, amistades, novedades...) y luego veo que no puedo con ello, que era un compromiso demasiado serio, y yo me siento tan pequeño... No soy constante, no voy a engañar a nadie. ¡Ya he sufrido en mi vida algunos problemas a causa de esto! Y sospecho que vendrán más...

Cuando estrené este blog sabía que le daría también este tinte de mi personalidad, por desgracia. Siempre me ha gustado venir a él y volcar algo de mi vida. Hay temporadas en que uno está más "fecundo", y otras en que anda más despistado... Siempre me he sentido a gusto aquí. En estos dos años se ha convertido en un lugar de libertad, en horizonte donde soy yo mismo, donde puedo gritar o hablar bajito, expresarme sabiendo que voy a caer bien. ¡Me encanta venir aquí, y lanzar mi botella más íntima a este mar infinito!

Por eso vuelvo, porque tengo más que decir; porque la primavera es hermosa y sus atardeceres increíbles; porque me vuelve a salir la vena más personal; porque se me hace maravillosa y excesiva la vida. Y porque aquí contemplo más entusiasmado aún su medida y profundidad... Por eso vuelvo sí, porque en estos meses pasados mi horizonte ha sido demasiado estrecho y limitado, y nuevamente tengo sed de inmensidad...

Y vuelvo por algo más, que ahora explico. Cuando empecé este "diario" apenas tres personas sabían de su existencia. Me daba vergüenza decirle incluso a mis amigos que podían asomarse a esta ventana y verme con más claridad (aún hoy no son mucho más de cuatro o cinco).Temía que se metieran intrusos, desconocidos, que hicieran daño a mis sentimientos, como ocurre en otros blogs. Pero nunca imaginé que gente desconocida entrara aquí y se sintiera a gusto, y me diera la oportunidad de enriquecerme y enriquecer. Personas a las que pudieran llegar mis palabras, botellas, sentimientos... Jamás pensé en ello. Y ahora sucede así. Y confieso que me siento dichoso por ello. Aunque no quiera que mi horizonte al atardecer se convierta en playa ruidosa, sino en encuentro sereno de amigos...

Esa es otra razón de peso para volver. ¿Y si Dios metiera sus palabras invisibles en mis botellas inconstantes? Gracias por esperarme, por acoger en silencio lo que para mí es importante. Gracias porque miramos en la misma dirección. No dudo que a nuestras espaldas, mientras contemplamos, Él sonríe...