domingo, 22 de febrero de 2009

Alma de gacela

En un lugar de Tanzania, algunos pretendieron criar gacelas.
Había mucha gente de la región que lo hacía. Las encerraban en un cerco de caña, al aire libre, pues las gacelas necesitan beber de los arroyos del viento y no hay algo tan frágil como ellas.
Aunque si son capturadas jóvenes, viven y hasta toman alimento de las manos. Se dejan acariciar y hunden su hocico húmedo en el hueco de la palma. Y uno se cree que las ha domesticado. Uno cree que las ha protegido del desconocido pesar que, sigiloso, extingue las gacelas dándoles la más dulce de las muertes… Pero llega el día en que las encuentras empujando la valla con sus cuernecillos, para huir hacia el desierto. Están magnetizadas.
No saben que están huyendo. Beben la leche que les llevas. Se siguen dejando acariciar, hunden incluso con más dulzura el hocico en tu palma… Pero en cuanto las sueltas descubres que, después de un trotecillo que parecía dichoso, han vuelto a ser atraídas por las cañas. Y, si ya no vuelves a intervenir, permanecen allí, sin ni siquiera luchar contra la barrera, cargando simplemente contra ella, con la cabeza baja, con los cuernecillos hasta la muerte. ¿Se trata de la época de celo o, simplemente de la necesidad de correr a galope tendido hasta perder el aliento? Ellas no lo saben. Sus ojos todavía no se habían abierto cuando fueron capturadas. No conocen la libertad de las arenas ni el olor del macho. Pero tú, mucho más inteligente que ellas, sabes que sólo el vasto espacio les podrá dar lo que buscan. Quieren ser gacelas y danzar su danza. Quieren conocer la huída rectilínea, a ciento treinta kilómetros por hora, interrumpida por bruscos surtidores, como si aquí y allá se escaparan las llamas de la arena. ¡Poco importan los chacales si la verdad de las gacelas es saborear el miedo, lo único que les impulsa a superarse a sí mismas y ejecutar sus más increíbles volteretas! ¡Qué importa el león, si la verdad de las gacelas es ser desgarradas por un zarpazo bajo el sol! Las miras y piensas: están embargadas por la nostalgia. La nostalgia como deseo de algo que no podemos describir… Ese objeto del deseo existe, pero no hay palabras para describirlo.

Y a nosotros ¿qué nos falta?

Llegó a mis manos este texto cuando acababa la carrera. Y lo guardé porque me pareció bonito. Creo que era de Saint-Exupéry. En estos días lo he vuelto a recordar y lo he desempolvado. Me lo han recordado los alumnos. Cuando lo leí por vez primera no creía que pudiera referirse a ellos, los que aprenden y enseñan, y tienen por delante un camino que andar. Pero hoy creo que fue escrito para ellos, sí.

Tienen algo que les lleva a volar, a ir allí donde uno les prohibe o les asusta. Llevan la curiosidad en la sangre. Uno se esfuerza por poner a su alcance lo mejor, por prepararlos para el futuro incierto y tal vez cruel que les espera, por darle claves, pistas, consejos, valores. Pero cuando los pierdes de vista se te han ido. No creo que sean malos, o desobedientes (aunque me indigna y decepciona su actitud). Es que son críos, adolescentes inquietos que se meten en líos, de los que luego tendrán que pagar las consecuencias.

¡No sé ni por qué los justifico, porque no lo merecen! Pero sigo creyendo en la bondad innata de las personas, y creo que son débiles y necesitados de misericordia. Lo llevan en los genes. Les hablas de Dios y se aburren. Pero creo que lo están buscando. Por caminos siniestros la mayoría de las veces. Pero buscan algo más, y por eso andan inquietos. Ojalá algún día, en el infinito y el vértigo, quizás con el alma rota y cargados de problemas, den Contigo. Que por algo estás en ellos.

Si me nombras

Guardo un buen recuerdo de esta canción. Más bien de la letra. ¡Me quedo con cada una de las frases y todas tienen un sabor especial! ¿Quién me hace ser a mi? Lo tengo muy claro. ¡Identifico perfectamente al que continuamente me nombra y me levanta!
Pero hay algo más que me gusta. Tal vez sea una herejía decirlo en voz alta. Me lo enseñó un buen profesor que tuve en la carrera. Yo soy (cada uno somos) el que hace ser a ese Otro que se escribe con mayúscula. ¡Es el misterio de la relación! Somos mutuamente, y mutuamente nos hacemos. Hacer camino es ir nombrándonos, costruyéndonos, soñándonos.
¡Sigo haciendo camino con Aquel que me nombra!

Escuchar y ser escuchado



Intento escribir alguna reflexión sensata esta tarde, y mientras lo hago me interrumpen por dos veces. Es gente que viene a saludar. Da alegría recibir a los amigos y echar un buen rato con ellos, claro que sí. ¡Siempre! ¡Qué gusto ser molestado para esto! Hablamos de lo humano, también de lo divino. Y se queda en el aire una reflexión que es como un dogma: “la gente necesita ser escuchada”.

Es una verdad como un templo. Lo he pensado muchas veces; primero por necesidad propia, y después por servicio agradecido que puedo hacer a los demás. Hay profesionales para todo, expertos en cualquier cosa. Incluso la gente de a pie se llena la boca y el pensamiento y poco lugar queda para acoger lo que traen los demás, para hacerle un espacio al silencio y permitir que el otro lo llene. Le he dado vueltas y lo he hablado con algunos: hacen falta profesionales de la escucha. Y creo que muchos de los problemas se nos enquistan porque no tenemos oportunidad de sacarlos, quizás porque nadie nos da esa posibilidad.

Cuando empezaba mi aventura de ser fraile, y veía los poquitos dones con que la vida me dotó, intuía que ese sí lo tenía medio desarrollado. Me gusta escuchar. No sé si lo hago bien, pero me siento atraído por prestar corazón y oídos a las vidas de otros. Creo que como sacerdote -en estos tiempos que corren- el mejor sacramento que puedo ofrecer es el de la escucha. Tiene mucho de sagrado, y de divino, de reparador y salvador. Y es puerta de acceso a una trascendencia mayor. Creo en quien me escucha porque se fía de mí, porque me hace grande.

Me gusta reconocerlo una vez más. Agradezco a los que me conceden tiempo y acogida; y me ofrezco, servidor, a quienes necesiten corazón y silencio.

Morbo


Vuelven a aparecer en estos días, y por desgracia, noticias trágicas en televisión. Y lo que sale en televisión se repite hasta la saciedad en la calle, de modo que todo se acaba transformando en espectáculo público. Los periodistas e investigadores, expertos y competentes en la noble materia de informar, nos cuentan hasta los últimos detalles de los sucesos, y se valora hasta lo más mínimo como imprescindible. Salen a la palestra improvisados jueces que señalan culpables y aplican penas, a la vez que plañideras maquilladas y vecinas sorprendidas de la bondad del que otros hicieron malo. A lo lejos los buitres carroñeros saborean las últimas gotas de sangre, como si de un festín diabólico e inhumano se tratase. Y planea por el horizonte el miedo y la oscuridad, la voz en off que insinúa que esto le puede pasar a cualquiera.

Siempre igual. Se pierde el norte humano y se jalea lo íntimo, y no importa nada el dolor ni el duelo, sino el negocio de las lágrimas sin llanto. Siempre igual. Hasta que se pase esta noticia y venga otra. Y vuelta a empezar.

Lo cuento porque me da asco. Porque no soporto el negocio con lo sagrado. La vida, la muerte y el amor lo son: realidades profundamente humanas que merecen un respeto y un cuidado. ¿Por qué nunca será noticia lo bueno? ¿Quién hablará de los que luchan cada día, y hacen el bien, y sonríen y ayudan a los otros? ¿Dónde se oirá la historia de los que madrugan y trabajan y limpian este mundo para hacerlo más bonito?

No me conformo con que me digan que todos los humanos somos rastreros y tenemos una cierta vena sádica. Quiero que cuenten que se nos manipula, que hay otros intereses, que es más cómodo llorar sin lágrimas que trabajar con ganas. Por eso, ante estos vendavales de miseria, mi aprecio y reconocimiento a los hombres y mujeres que a diario pintan el mundo con buenas noticias.

Existir es amar

Pues eso: que existir es amar. Y que sólo existe de verdad quien ama de verdad. Y que muchos pasan por la vida sin existir siquiera, aun invocando a dioses mágicos o a ciencias exactas. ¡Si Descartes levantara la cabeza!

domingo, 8 de febrero de 2009

Mi casa

… Y esa de ahí es mi casa. Tiene una historia peculiar, y quiero dejarla escrita aquí. La he contado muchas veces a la gente, y la he puesto como modelo de la Vida Religiosa de estos tiempos. Aprovecho que el día dos de este mes fue la fiesta de los consagrados. Y así hablo de mi casa.

Esa casa es nueva. No tiene más de cinco años, creo. La casa donde yo me críe era maravillosa. Tenía corral y cuadra, chimenea, horno, pajar. Recuerdo los jamones secándose en la cámara, el grano almacenado, los útiles de labranza, los aperos de los mulos. Sin embargo, lo que a mi parecer la hacía especial, era la azotea. Las vistas eran inolvidables. Aún guardo los ratos de juego allí arriba con mis hermanos mayores. Los terrados de launa, los palos, las cañas, las goteras. Mi casa era fantástica. Fue taberna antes de que mis padres se casaran, y ardió según dicen. Por ella pasó mucha gente. Se hacía una fiesta cuando había matanza.

Cuando se quedó deshabitada y apenas ya había vida dentro de ella, la casa amenazaba ruina. Mi padre le ponía parches, pero no era suficiente. Echar techos nuevos no servía para mucho. Tenía cimientos excelentes, pero se venía abajo sin remedio. A todos nos dolía, pero se tomó la decisión acertada. La casa se tiró abajo. Aquel caserón enorme, de dos plantas y corrales, el mismo por donde corrió tanta vida.

Y se construyó una pequeña casita respetando los antiguos cimientos. Una sola planta con lo imprescindible: cocina, habitaciones y aseo. Ya no tenía aquella terraza maravillosa, ni el encanto del pajar o el calor del horno. Pero es una casa útil y confortable, acogedora y práctica. Y en ella hay vida, acogida, familiaridad… Sigue siendo mi casa, y me sitúo perfectamente en ella. Perdió mucho en espacio, en belleza, en poder. Pero ganó mucho más en calor. Junto a las vecinas aparece pobre y ridícula, y sin embargo ha sido la primera en adelantarse al futuro. Tiene un aspecto diferente, pero la misma fuerza de hace años. Y ahí está, dispuesta a seguir generando mucha vida.

[Todo parecido con la situación de la vida consagrada es más que pura coincidencia].

Ser pueblo

Sigo hablando de mi pueblo, el lugar donde pasé los primeros seis años de mi vida. Y lo hago porque creo profundamente que lo que viví allí me marca y marcará para siempre. Que llevo mucho de esos cerros en mi alma. Que me define esa soledad y pobreza. Que me crié entre viento y olivos, entre sol y sequía. Que me asombra el agua y no conozco milagro más maravilloso que verla brotar de la tierra. Que mi vista se curtió mirando esconderse el sol cada día allá por la sierra de la Contraviesa. Los cerros, los tajos, los barrancos, la luz y el fresco me acunaron y me siento tan hijo de ellos como de mis propios padres.

Siempre idealicé a mi pueblo. Soñaba -en mis fantasías más infantiles- mi futuro en él. Era lo mejor que podía esperar: ser siempre yo en aquellos lugares. Daba vueltas a la imaginación y no me veía lejos de lo que creía íntimamente mío. Pensar que mi pueblo pobre se perdiera un día me dolía mucho.

Alguien me dijo una vez algo que llevo bien grabado dentro: “tu patria será el mundo y todos los hombres tus hermanos”. Ya he viajado mucho. Llevo creo que años sin pisar aquellas tierras. Hoy veo esta foto y siento que no me hace falta. Que un pueblo no es sino una realidad interior. Que tajos y barrancos, almendros y puestas de sol, brisas y sequías las llevo dentro sin necesidad de moverme. Que me conforman. Que vienen conmigo donde yo vaya.

Me enternece mirar estas fotografías. Y agradecer tener tanta vida grabada en mi alma. Yo soy tierra peculiar. Yo soy pueblo.

viernes, 6 de febrero de 2009

Primavera



Ya está cerca la primavera. Me lo dice el corazón. Es verdad que apenas ha empezado febrero, el mes más frío del año, pero sé que está a la vuelta de la esquina.
Después de casi una semana sin parar de llover esta tarde ha salido el sol. Pero no era el de siempre, un sol cualquiera, tímido, de cualquier tarde de invierno. Era un sol que anunciaba la primavera.
Los almendros ya están en flor desde hace días, aunque hoy lucían más hermosos aún. Como si adelantaran la noticia. La lluvia ha dejado paso a unas mínimas florecillas blancas, asustadas todavía. El agua corre mágica torrente abajo y hasta por los bordes de los caminos... Lo más hondo del invierno esconde dentro de sí el tiempo nuevo de la primavera.
Y esta noticia que mis ojos han recibido mientras conducía y se intentaban esconder de la luz, me gustaría que llegara a las partes más recónditas y oscuras de mi persona. Esas que se resignan al frío, la noche y el miedo. Esas que no son capaces de barruntar, y aun ocultan, lo que está llegando. Ojalá se colara un rayo de este sol nuevo en el alma gris y escarchada de tantos enfermos del invierno. Viene lo nuevo, está brotando, y llega de adentro hacia afuera.... Espero su venida hasta encontrarla del todo.

jueves, 5 de febrero de 2009

Mi pastor

Uno de los días que recuerdo con más angustia en mi vida fue aquel en que dí un pequeño paso geográfico, pero un largo paso en mi crecimiento y sentido. El día, con fecha y recuerdo imborrable, en que salí de la casa de mis padres, con apenas dos maletas, algo de ilusión y mucho miedo. Dudando entre lágrimas, si hacía lo correcto cuando dejaba rotos a los míos y me embarcaba en una aventura desconocida que tenía a un Dios, casi desconocido también, empujándome a seguirle. Subí a un autobús y rezaba con ojos llorosos.

Otras veces he vuelto a tener esa experiencia, cuando el futuro me asusta y yo tengo que subir a autobuses que me llevan a él, sin más equipaje que una pizca de fe.... ¡Más veces sé que haré ese viaje! Y creceré un poco en cada etapa.
Siempre me ha acompañado la misma oración. Creo que pocas hay tan hermosas como esa: "El Señor es mi pastor, nada me falta, por verdes praderas me hace recostar...." (Salmo 22). Repetirla me ayuda siempre, ¡me da tanta paz!
Esta tarde la rezo con quienes sé que la necesitan; pienso en tantos conocidos a quienes les va a venir muy bien saberse guiados por Alguien más grande. Tantos que necesitan saber que no van solos... En este viaje misterioso que todos realizamos en la vida con frecuencia Dios viene con nosotros.

domingo, 1 de febrero de 2009

Si me llamaras



Mañana, segundo día de febrero es el aniversario de dos mujeres a las que quiero mucho. Desde ya las recuerdo y agradezco su vida, su amistad, su entrega. Da la casualidad que ambas son consagradas, una religiosa y otra contemplativa. Las dos, dominicas. A las dos debo bastante en mi manera de ser y también en mi forma de vivir. Una me acompañó desde que era apenas un niño. Me enseñó a rezar, a buscar a Dios y a quererlo. Me habló de Él -con su palabra y su testimonio- y comprendí que ningún amor era tan valioso como ese. Y aún hoy, ¡a mis años! me sigue cuidando. ¡Qué haría yo sin ella!

La otra llegó a mi vida cuando empecé esta etapa de ser fraile. Con pocas palabras hemos compartido muchos años. En mi silencio sé que sigue siendo fiel amiga y hermana... Su vida me enriquece y su oración me hace fuerte. Incluso en mi frialdad sé que es importante para mí y la quiero un montón.

Mañana es, además, el día de los consagrados. De estos seres "raros" que nos sentimos apasionados por un Amor que no se escribe con minúscula, y cuya huella esconden los pequeños de la tierra. Dios y los hombres son nuestro centro. Cualquier día escribo sobre esta vida de "minorías". Esta noche, con la memoria y el corazón agradecidos, felicito a estas mujeres, y a mí mismo, por haber escuchado y seguido una peculiar llamada.


¡Si me llamaras, sí; si me llamaras!
Lo dejaría todo, todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos y un amor.
Tú, que no eres mi amor, ¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz: telescopios abajo,
desde la estrella, por espejos, por túneles,
por los años bisiestos puede venir.
No sé por dónde. Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro, incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice: «No te vayas».

(Pedro Salinas, "La voz a ti debida")