martes, 7 de julio de 2009

Ya me voy

Pues ya me voy, sí. Se ha terminado el curso hace unos días y yo casi no me he dado cuenta. Hoy salgo para el trabajo "tan estupendo" que me toca hacer representando a mi comunidad. Los dominicos celebramos cada cuatro años la asamblea tradicional que da sentido a nuestro espíritu democrático, famoso en la Iglesia. Vamos allá, con miedo y respeto por vivir lo más sagrado de nuestra Orden. Ni sé cuánto va a durar, ni tampoco qué cambios puede suponer para mí o los míos... pero vamos adelante.

Luego volveré por Córdoba y marcharé después con mi familia, a mi mar y mis horizontes, esos que tanto añoro durante el curso. Y cuando quiera darme cuenta se habrá terminado el verano y estaré de nuevo en "el tajo"...

Se acabó el curso, sí. En mi cabeza no dejan de dar vueltas los problemas que no quieren irse de vacaciones todavía. Quizás porque me siento observado por muchos que miran mi palabra y mi opción ante la realidad difícil. Tal vez por eso no me paro a hacer un balance objetivo. Necesito tiempo y distancia. Ha sido mucha vida la que viene ahora a mi era para hacer esta parva, y quedarme con lo bueno, lo mejor de todo lo bueno. ¿Seré capaz de tirar fuera lo que no merece la pena ser recordado? Cuando todo parecía muy difícil -recuerdo ahora-, Dios me regaló una palabra, y la compartí con algunos: PODREMOS. La dejo caer aquí ahora, como presencia y esperanza, como cimiento de la construcción que vamos levantando. Que cuando regresemos a la obra nos esté esperando para empezar sobre ella...
Y acabo con una canción. Me encanta Manolo García. Esta en concreto la he oído mil veces. Hasta que un día me paré a escuchar la letra. Y la dejé para ahora. Mientras me alejo, y construyo un camino más hondo, no dejo de mirar a esta rosa, que es mi norte, centro y guía... Buen verano.

Rosa de Alejandría , rosa amarilla...
Alejarme quiero, adentrarme en el silencio.
Alejarme quiero de esta vida que yo vivo sin convencimiento.
Y adentrarme en el tiempo de las luces,
barros vivos encendidos por la mano del misterioso Alfarero.
Alejarme quiero. Adentrarme en el silencio. Caminar sereno.
Abandonar esta senda. Alejarme quiero.
Anidar en los atrojes con las golondrinas de azuladas plumas.
Convertirme en caja de medir fanegas, arrobas, celemines;
ser trigo en las eras, nunca polvo en las aceras.
Rosa de Alejandría, rosa amarilla. Hoy has de ser mi guía, la luz que brilla.
Faro de mediodía, rosa sencilla. Rosa de Alejandría, rosa amarilla.
Con las flores de un campo encendido, como un San Francisco entre jarales vivos,
de lagartos, vivo. De quimeras me alimento, con simplezas me contento.
Mozas de risueño gesto en calma me encuentran como a un Góngora perfecto,
perviviendo lejos del bullicio, con mi rosa amarilla, con mi rosa de los precipicios.
Alejarme quiero. Adentrarme en el silencio, Alejarme quiero.
Abandonar esta senda. Alejarme quiero. Rosa de Alejandría, rosa amarilla.
Hoy has de ser mi guía, rumbo entre islas. Faro de mediodía, rosa sencilla.
Rosa de Alejandría, rosa amarilla...

Aprendí a rezar...


No recuerdo exactamente cuándo ni como. Pero sí recuerdo dónde. Rezar, comunicarme con Dios, ha sido en mi vida una de esas experiencias que han nacido y crecido conmigo, que pertenecen a mi identidad desde el principio. Quizás porque me eduqué en una familia normalita, y en un pueblo pequeño. Tal vez porque crecí en medio de la naturaleza, junto al agua, los olivos o el trigo, o porque me moldeó el sol y el viento de la sierra, con la parva y la fiesta, los cohetes y las canciones. Seguro que fue porque mi madre me tuvo mucho en sus brazos y en sus hombros. Porque para ella hablar de Dios y de la vida es lo mismo, y utiliza las mismas palabras, el mismo lenguaje, los mismos sentimientos...


En esa iglesia aprendí a rezar. ¿Cómo no va a estar mi fe marcada por ese lugar donde comencé a vivirla? Recuerdo cómo mi prima me tomó en brazos y me explicó -enseñándome- que Jesús tenía las manos y el costado heridos. No me olvido de los rosarios rezados al caer de la tarde en memoria de algún difunto (el Rosario fue la primera oración que aprendí, qué casualidad...), ni de las flores que inocentemente ponía al pie de la Virgen, o de las velas encendidas. Ni tampoco de la bronca del cura cuando debía de molestar demasiado en Misa... Del monumento del Jueves santo o de la adoración de la Cruz el viernes. De las procesiones sencillas y emocionantes, de las canciones populares...


Aprendí a rezar a la vez que aprendí a hablar, claro que sí. Dios se me hizo a la medida de mi gente y de mi ermita, pequeño, familiar. A la medida de los brazos de mi madre, tierno y acogedor, sencillo y claro. Profundo como mis vecinos, con ganas de fiesta, solidario y parlanchín... Cercano como los cerros y los paisajes de montaña. Pobre, muy pobre. Y feliz, tremendamente feliz.


Ahora que me he hecho mayor, y he dado tantas vueltas a las grandes teologías, me doy cuenta de que aquella experiencia primordial me marcó. Que Dios nos sale al encuentro así, pequeño, familiar, tan cercano a nosotros que se nos confunde con uno de los nuestros.

La puerta abierta...

Un año más (hace casi un mes que sucedió todo esto...) me ha tocado despedir a otra promoción de alumnos. Cada curso sucede lo mismo, ya lo he contado aquí en varias ocasiones. Y cada grupo tiene su peculiaridad, algo que los hace especiales. Como ya me voy haciendo un "profe" mayor me va dando casi más pena la despedida. Sin duda porque convivo más tiempo con ellos, y nos van uniendo cada vez más hilos. Ellos, tarde o temprano, olvidarán a quienes les educaron. Pero yo disfruto recordando momentos y nombres, experiencias y encuentros. Volver sobre ello me hace más grande.
Entramos juntos al colegio. Empezamos juntos. Recuerdo las confidencias de las niñas que me bombardeaban dándome la lata con los primeros amores. Las broncas con los niños que discurrían para inventar estrategias y liarla en clase... Luego fueron cosas más serias. Problemas familiares, el sufrimiento de ser adolescente y de no saber qué pasa ni qué hacer... Con algunos he llorado. Hubo con quienes peleé en serio. Hemos andado juntos una etapa de nuestras vidas.
El día que se iban, me volví a confesar. Nunca tendré hijos pero en ellos va algo de mi fecundidad, en mí se queda mucho de sus vidas y empeños, y me llego a sentir responsable de su futuro. Es maravilloso educar. Es más rico, si cabe, para un cura, que está en contacto con la vida, con lo que bulle, con el futuro... Como siempre me queda la duda de si lo he hecho bien, si fui buen evangelizador... De cualquier forma me llena la satisfacción de haber sido querido y evangelizado por ellos.
Un mes después, casi, en la puerta que queda abierta, doy gracias por su presente y su futuro. Y me siento afortunado de haber hecho un tramo de mi camino junto a ellos.

Más héroes


Conocí a Jose hace algunos años. Celebré, sustituyendo al párroco, una Primera Comunión familiar. Me hicieron disfrutar, sus niños y su familia. Ya entonces me dí cuenta de que eran gente de fe. Por circunstancias de trabajo no viven en Córdoba, aunque aquí tienen sus raíces y aquí pasan parte de sus vacaciones. Guardo un buen recuerdo de aquel primer encuentro...


El día de navidad del año pasado me puse en contacto con él. Viven en otro país bastante lejos del nuestro. Me enteré de que uno de sus hijos más pequeños, con apenas seis años, tenía esa enfermedad cuyo nombre pone los vellos de punta. Quise mandarle mis palabras de ánimo y de fuerza. Jose me contestó con una confianza que me asombró. Era un hombre angustiado, con miedo y temor. Pero me sorprendió su fe, una fe mucho más grande que la mía. Ojalá acabe pronto este proceso, ojalá nos sirva para crecer, para unirnos, para volcarnos más hacía Dios, ojalá sirva al niño para madurar y hacerse más hombre...


Confieso que cada vez que recibía correos de Jose me emocionaba. Los guardo como pruebas grandes de fe. En ocasiones los he leído a gente conocida como si estuviera ante palabra de Dios. Me he sentido muy pequeño a su lado. Un hombre fuerte con una fe gigante. Y yo sin palabras ni argumentos ante el misterio del dolor y del amor, frente a los límites más sagrados de lo humano, donde otros no ven más que el caos, el vacío o la desesperación...


A finales de junio ha acabado todo el proceso. Su niño, ahora con siete años, ha sido un hombre fuerte, ¡un héroe! y ha superado toda clase de pruebas. Su familia ha crecido y ha madurado. Jose ha experimentado lo maravilloso y serio que es ser padre. Y yo me he sentido realmente feliz de estar cerca de la gente buena que lucha y abre caminos de futuro en las adversidades. Ante tierra sagrada me he encontrado. Palpando descalzo el misterio de un Dios tan real como humano.


Gracias porque existen ellos. Porque existen personas como ellos que me hacen sentir afortunado por conocerlos y acompañarlos. Porque es una suerte ser cura y pequeño ante tanta gente grande... Y gracias al Buen Dios que siempre hace todo tan bien, tan bien... Al hacer balance del curso que termina reconozco agradecido cuánto me han ayudado a crecer...

domingo, 28 de junio de 2009

Recuerdo


Después de la ordenación (yo estaba muy nervioso, y no viví todo como me hubiese gustado) vino la primera Eucaristía en mi pueblo. Allí fuí más yo. Hubo hasta cohetes. Todos disfrutamos. Con la gente sencilla ponía el sello de lo que quería vivir. Y con este poema de Casaldáliga, en el recordatorio, el horizonte de mi vida.
Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.
Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida.
El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

Un año más

Hoy, un año más, vuelve a ser mi aniversario. Durante la mañana revivía lo que iba haciendo exactamente hace seis años, en el mismo momento. ¡Cuántas emociones! Entonces yo no sabía lo que iba a significar en mi vida esto de ser sacerdote. Sabía lo que quería, pero Dios tenía que poner el cómo y el con quién… Hoy, seis años después, digo que soy feliz, aunque la palabra me resulte agotada y pequeña…

Un año más de cura, qué suerte la mía. Los primeros años quería recordarlo a lo grande. Ahora disfruto cuando me encuentro a solas con El que es protagonista de esta historia y hablamos juntos de nuestras cosas. Él es grande y siempre me da más de lo que puedo esperar. En la intimidad disfrutamos de este día, recordando lo vivido y proyectando lo que está por venir… Mi gente más cercana se ha hecho presente con unos mensajes que me emocionan. ¡Uff! Esto es el ciento por uno que prometiste…

¿Qué tiene de especial este aniversario? Hay una palabra que lo define. Debilidad. Me siento débil. Y esto no significa que esté mal, o tenga crisis… Es una suerte ser sacerdote débil, pienso yo. En otras ocasiones, en otras teologías, se me dijo que el “ministro de Cristo” era tan poderoso, su ministerio tan utilísimo, su persona tan sagrada… Y yo me siento débil, muy débil.

Miro mis manos y veo que no hacen todo el bien que pueden. Ni mis palabras llegan a todos, y a veces se pasan en crueldad. Tantas veces soy miedoso, o perezoso otras. ¡Mi vida es tan poco significativa entre los que convivo! Mis continuos fallos me asustan. Muchas noches acabo enfadado conmigo mismo: ¿Esto es lo que se espera de mí? ¿Este ha sido todo el bien que he podido hacer? Soy verdaderamente débil. Dios y yo lo sabemos… Me espanta mi miseria, pero me consuela su ternura.

Muchas veces llega gente que se siente agradecida hasta mí. Dicen que les hago bien, que si mis palabras, que si el hecho que esté cerca, que si que escucho, que si que aconsejo…. Ahí es cuando me doy cuenta de que es Él quien lleva esta historia, este sacerdocio. Y me asombro, porque no es ninguna tontería, sino su presencia real, tan sagrada y tan humana, manifestada en mi debilidad.

Hoy, Él y yo, brindamos por mi debilidad. Y lo hacemos con esas personas buenas –que sin yo merecerlo- Él ha puesto a mi lado. Qué afortunado soy. Jamás llegué a imaginar que ser cura me hiciese tan feliz…


Amigos y dolores


Le estoy dando vueltas en estas últimas semanas a ese gran regalo -a la vez que Misterio- que es la amistad, que son los amigos. He valorado (¡Dios sabe cuánto!) el hecho de tenerlos. No son muchos, es cierto. Pero me siento querido por personas a quien me honro al llamar con esa palabra tan maravillosa: amigo, amiga.

Cuando era adolescente confieso que tenía pocos, o tal vez ninguno. Compañeros sí, pero amigos no. Siempre fui un niño solitario. Mis primeros años en la vida religiosa me sentí muy solo. Tampoco encontré a nadie a mi medida. Un hermano mayor me profetizaba que Dios me los pondría en el camino en el momento oportuno. Hoy los tengo, por eso los valoro tanto. Pero tengo una espinita clavada…

Tal vez no sepa ser buen amigo. Las mayores frustraciones de mi vida (y esto es así de cierto) han venido de personas queridas; amigos, a los que por circunstancias dejé marchar. Eso me hizo sufrir más de lo que creía. No he leído libros sobre el tema, ni he tenido maestros que me expliquen cómo se lleva esta aventura tan hermosa. Doy palos de ciego en esto de la amistad. Y soy consciente de que quizás esté haciendo daño a quienes quiero, o quizás me esté haciendo daño a mí mismo por temor a aclarar, a expresar lo que siento (que ni yo lo sé siquiera…). Muchas veces me ronda el miedo a defraudarlos, que estén a mi lado y se hagan ilusiones de quien no soy y puedan sufrir conmigo…

Le doy vueltas a esto de la amistad con frecuencia, es cierto. En estos días particularmente. Leía en un blog magnífico, la frase que yo quería decir y no me salía: “Nunca he sabido cómo ser un buen amigo; estoy aprendiendo…” Es una suerte tener amigos como los míos, aun cuando no los entienda o sufra por ellos. Es una suerte estar vivo y sufrir por estas cosas…

Tiempo de sequía


Imagino que queda poco tiempo para que las noticias nos den la vara con que hay que ahorrar agua porque volveremos a tener un tiempo de sequía. Cada año suele ser parecido. Que llueve poco, que se consume demasiado, que el agua es un bien primordial al que todos tienen derecho… Mientras llega la habitual recomendación pienso yo en otras sequías más profundas…

Me crié en un clima seco. En él nací y –ya lo he dicho- con esa sequía exterior se ha curtido mi personalidad. Valoro el agua, aunque sea una gota, y me asombro al contemplarla. Realmente es un milagro de valor incalculable… pero hay una sequía que marca también mi vida.

Muchas veces me he sentido seco por dentro. Hubo ocasiones en que me notaba como un árbol que dio fruto pero al que el invierno le quitó la savia, la vida. Con frecuencia he pasado (y sé que pasaré) por esa experiencia. Hay momentos en que me veo como un manantial que perdió su fuerza, su flujo vital, su frescura. Cantidad de veces me siento así.

Y no escribo esto porque esté mal, que no. Ni tampoco lo hago con angustia, al contrario. Es que yo soy así, y es mi manera de ser. Y sé que hay primaveras después de los inviernos. Y que la naturaleza devuelve el agua fresca a los pozos fieles. Y lo sé porque lo he vivido. Así puedo agradecer que mi vida, afortunadamente, no dependa del todo de mí, sino de Alguien más grande en quien confío y por quien apuesto.

En este verano adelantado me pongo junto al brocal y espero que Él me regale un poco de Su Agua.

Morir y cambiar el mundo

En estos últimos días una serie de muertes "mediáticas" han llegado a las casas y vidas de mucha gente, también a la mía. Se mueren muchas personas a diario, conocidos sobre todo, pero a estos que te presentan les tienes que llorar, como si a toda la humanidad le hubieran de doler, porque les representen como embajadores de sus distintas facetas...
Si no me equivoco, el primero fue el del Inspector vasco de Policía Eduardo Puelles. Un hombre anónimo. Una muerte injusta. Una vida entregada en medio de mucho riesgo por acabar con la lacra del terrorismo. La suya y la de su familia. Me emocionaron las palabras de su esposa: no me verán llorar... Palabras de orgullo ante uno de los nuestros de quien todos debemos sentirnos orgullosos. Vivió cuidando vidas anónimas que estaban en peligro.
Murió Vicente Ferrer. Reconozco que de este señor sabía más bien poco o nada. He leído en estos días retazos de su vida; era conocido en ciertos ambientes, pero para nada un fenómeno social... Me ha impresionado su trayectoria en estos 89 años. ¡Qué bien que haya personas así! Otra vida entregada. ¿Cómo podrá morir quien ha estado de parte de la Vida? "Lo único que importa, de lo que no puedes dudar, es en hacer el bien, el bien concreto, no solamente el bien de plegaria -que es necesario-, sino el bien concreto. Si no puedo ver a Dios cara a cara, por lo menos con mis ojos veré a los pobres. Y esto va a constituir la totalidad de mi vida". Un hombre ante quien uno debe descalzarse y admirarse...
Y murió Michael Jackson. ¿Alguien queda que no se haya enterado? Nunca sentí simpatía por ese hombre. Más bien me daba pena. Me parecía un ser insatisfecho, frustrado, herido profundamente, que buscaba en el protagonismo social remedio a sus males. Su trágica muerte refleja la tragedia de su vida. Un conmoción internacional, sin duda. No dudo que habrá hecho bien su trabajo y que habrá puesto su granito de arena para mejorar este mundo... aunque siga sin gustarme.
Y ahora me pregunto: ¿quién pasará a la Historia como el más recordado? ¿Quién tendrá monumentos y espacios amplios en las enciclopedias o libros de Historia? ¿Quién habrá hecho más bien? Sobra la respuesta. Yo sé a quién quiero parecerme y de quién quiero aprender. Porque sé que la Historia la construyen los pequeños. Porque sé que la vida, a pesar de heridas y luchas, sólo se tiene para darla. Gracias a los hombres y mujeres pequeños que cambian este mundo.

martes, 19 de mayo de 2009

Premio de poeta


Ya lo he dicho aquí varias veces. En ocasiones me planteo mi vida como un fracaso asumido con paz y confianza. No haré grandes cosas a lo largo de mi existencia. Probablemente me rodearé (como hasta ahora) de pequeña gente que pase desapercibida. Mis trabajos poco aportarán a la sociedad, o incluso al bien de las personas. He entregado mi tiempo a vivir en un cierto olvido y abandono. Sin ser imprescindible nunca para nadie. Sin hacer ningún acto digno de un héroe. Y lo he hecho voluntariamente, no me arrepiento, sino que quiero definirme desde aquí. Tal vez desde el fracaso, el olvido, la contradicción. No se me oculta que así soy comprendido por algunos, y que este será mi sino de por vida.


Convivo con una belleza especial que oculta lo pequeño. Y es tal que en ocasiones ni yo mismo percibo. Vigilo lo más mínimo que se despierta en el interior del ser humano, de mí incluso. Cuido, creo. Me enamoro mucho. Me asombro, cada vez menos, qué pena. Me entreno en amores extraños, incomprensibles, bellos. Disfruto, gozo, aunque haya días en que ni siquiera yo me entiendo. He apostado por un Sueño, a todas luces imposible. Y en él sigo jugando. He cedido el corazón, quizás a ratos, a un Amor que lo es todo, y a veces nada, que me llena y a la vez me deja solo... Sé que soy raro, que nunca seré fecundo, y esto sí me duele.


Y soy tímidamente feliz aunque a ratos lo niegue... Y sigo caminando, porque quiero y porque no sé ya mirar a otro horizonte que me llene tanto... No soy un poeta; soy un pobre enamorado, que quiere dejar la vida en esto, para rendirle así el mejor tributo.


Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas?
Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida;
somos los mensajeros de algo que no entendemos.
Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste;
si miramos, es sólo para verterlo en voz.

No podemos coger ni la flor de un vallado
para que sea nuestra y nada más que nuestra,
ni tendemos tranquilos en medio de las cosas,
sin pensar, a gozarlas en su presencia sólo.

Nunca sabremos cómo son de verdad las tardes,
libre de nuestra angustia su desnuda belleza;
jamás conoceremos lo que es una mujer
en sus profundos bosques donde hay que entrar callado.

Tú no nos das el mundo para que lo gocemos,
Tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.
Y después que la tierra tiene voz por nosotros
nos quedamos sin ella, con sólo el alma grande...

Ya ves que por nosotros es sonora la vida,
igual que por las piedras lo es el cristal del río.
Tú no has hecho tu obra para hundirla en
silencio,
en el silencio huyente de la gente afanosa;
para vivirla sólo, sin pararse a mirarla...

Por eso nos has puesto a un lado del camino
con el único oficio de gritar asombrados.
En nosotros descansa la prisa de los hombres.
Porque, si no existiéramos, ¿para qué tantas cosas
inútiles y bellas como Dios ha creado, tantos ocasos rojos,
y tanto árbol sin fruta, y tanta flor, y tanto pájaro
vagabundo?

Solamente nosotros sentimos tu regalo
y te lo agradecemos en éxtasis de gritos.
Tú sonríes, Señor, sintiéndote pagado
con nuestro aplastamiento de asombro y
maravilla.

Esto que nos exalta sólo puede ser tuyo.
Sólo quien nos ha hecho puede así destruirnos
en brazos de una llama tan cruel y magnífica...

Tú que cuidas los pájaros que dicen tu mensaje,
guarda en la muerte nuestros cansados corazones;
dales paz, esa paz que en vida les negaste,
bórrales el doliente pensamiento sin tregua.

Tú nos darás en Ti el Todo que buscamos;
nos darás a nosotros mismos, pues te tendremos
para nosotros solos, y no para cantarte.

(José María Valverde)

Mi cruz


Cuando era pequeño mi madre me regaló una cruz. Creo que fue para la primera comunión. Éramos pobres y ha sido mi única alhaja de por vida. Una cruz pequeña de oro, fruto de muchos sacrificios, con su Cristo pequeño colgado en ella. Mi madre la guardaba, como se guarda lo sagrado y valioso, ¡y a veces olvidaba en qué lugar de la casa la había puesto! Cuando crecí se la pedí para tenerla colgada. Repito que era mi única joya. Mientras estaba en el instituto la llevé colgada, y me gustaba llevarla a la vista. Quería yo demostrar que era cristiano y esa era la manera más fácil y cómoda. Supongo que fue entonces cuando la mordisqueé y jugueteaba con ella.

Luego fui catequista, a finales del bachillerato y comienzos de la carrera. Y entendí que no debía llevar una cruz de oro, ostentosa y burguesa; por eso me coloqué una de madera, pequeña y sencilla. Pero a la vista, claro. Cuando decidí empezar esta vida consagrada y dominicana, me desprendí de cruces. No quise llevar ningún signo externo que hablara de Aquel a quien amaba profundamente. Quería que fuese mi vida, mis gestos, quienes lo dijeran y predicaran. La mejor cruz es la que uno lleva por dentro, en silencio y con exigencia... Y me sentí a gusto así, y lo hice durante años.

El día en que me ordenaron cura mi madre sacó la cruz pequeña, ¡mi única alhaja! y me la colgó como algo sagrado al pecho. Cada vez que la miro me recuerda tantas cosas: mi familia, nuestra pobreza, mi compromiso, la exigencia con la que debo vivir, mi sacerdocio, mi historia personal... La he vuelto a sacar por fuera; reconozco que a veces me da corte. Otras me siento orgulloso de ser quien soy, de vivir lo que vivo. Jamás quiero que sea un signo de privilegio, sino una exigencia de compromiso, una señal de disponibilidad.

A los niños les gusta vérmela puesta, y yo les cuento su historia pequeñita. A veces me sirve para explicarles cómo los grandes bienes de la Iglesia -como es mi cruz para mí- no sirven para arreglar los problemas del mundo, pero sí para motivar a sus "dueños" a comprometerse con el mundo. Como hizo Aquel a quien amamos y decimos servir...

El verano pasado, alguien querido, me regaló una cruz austera con los colores de nuestra Orden. Me la he puesto en estos últimos meses, y me gusta. Ahora la llevo colgada. Quiero ser de Cristo, y como Cristo, aunque esté a años luz de conseguirlo. Cada vez que la miro, vuelvo a intentarlo.

Más luz


En estos días ha cambiado el panorama que se ve desde mi habitación. Cuando llegué aquí un árbol gigantesco de pimienta estaba delante de mi ventana; en ocasiones hasta las ramas se colaban dentro, y más de una vez el viento me metía hojas. Todo muy romántico. Por el tronco subían los gatos más valientes a cazar pájaros en el tejado. Ya estaba acostumbrado a esta vista. Es verdad que tenía que encender la luz más tiempo, y que el paisaje no era nada del otro mundo. Pero la pimienta tenía Historia. Supuestamente fue sembrada en torno a 1530 por fr. Luis de Granada, y quizás a su lado empezó a escribir sus primeras obras místicas. Para los dominicos esta casa se ha identificado con ese árbol durante bastantes años. Tanto que hasta pedían las semillas para plantarlas en lugares emblemáticos...

Pues la pimienta llevaba tiempo con el tronco partido. Y en los días de viento amenazaba con venirse abajo. Las tejas de su alrededor acaban siempre destruidas... Y no merecía la pena. Por eso, en estos días, la famosa pimienta se ha cortado. Ha sido necesaria una grúa, un montón de obreros y de tiempo para dejar de ella un tronco de apenas un metro de altura. Nos hemos quedado sin pimienta... y no ha pasado nada.

Y ahora da gusto asomarse a la ventana y ver un trozo de horizonte. Y cuando pega el sol casi hay que protegerse... Hemos salido ganando, sin duda. A veces la Historia, con sus mitos, nos impide ver la luz, el horizonte, la claridad. Me dan miedo los cambios, pero sé que son necesarios. Que del pasado no se puede vivir, porque tiene ya poca savia. Estos días, la pimienta me hacía pensar en la Iglesia, claro. En su presente, en su apego excesivo a tradiciones demasiado atrasadas. Quizás somos vistos como un adorno antiguo que nos aparta de la luz, y que no deja entrar el calor en tantas almas frías pendientes de un mero tronco...

Y he pensado en mí, en mis costumbres y rutinas miserables; en que a veces soy un tronco seco que separo más que uno. En que nunca uno debe dejarse dormir, y creer que ya está donde siempre quiso. En que debo cortar tantos mitos maravillosos en mí o de mí...

Nos hemos quedado sin pimienta, y no ha pasado nada. Hasta los gatos miran para arriba extrañados... Pero luego retozan y juegan con sus crías. Qué bien que la vida sigue, qué bien que existe la poda, qué bien que la vida sigue siendo un maravilloso presente para conquistar.

A tu lado

Otra de esas canciones de antología que uno nunca deja de escuchar. "A tu lado". Lo he dicho en mi vida a personas muy queridas. "Contigo camino", "a tu lado es maravilloso hacer historia", "seguiré a tu lado"... Ya lo digo menos, pero lo pienso tanto o más. Me dí cuenta de que mis palabras son frágiles y mis compromisos tan débiles... Me da miedo andar con quienes quiero pensando que tal vez, por tonto, les pueda hacer daño. No quiero poseer a nadie, ni hacerme imprescindible en nadie. Tampoco tengo fuerzas para salvar a nadie. Tengo muy poca cosa que ofrecer a quienes quiero. Pero, desde esta fragilidad, me siento dichoso de poder caminar "al lado" de algunos...
Y ese "a tu lado" se lo he dicho a Alguien más especial. También entre debilidades y miserias. Pero con un gozo especial. ¡Si no fuera por tí! ¡Si no fuera porque vienes a mi lado! Por eso me siento más feliz cuando siento que es Él quien me lo vuelve a repetir... Y no se cansa de hacerlo...

He muerto y he resucitado.
Con mis cenizas un árbol he plantado,
su fruto ha dado y desde hoy algo ha empezado.
He roto todos mis poemas,
los de tristezas y de penas,
lo he pensado y hoy sin dudar vuelvo a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
Ya no persigo sueños rotos,
los he cosido con el hilo de tus ojos,
y te he cantado al son de acordes aún no inventados.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.
Ayúdame y te habré ayudado,
que hoy he soñado en otra vida,
en otro mundo, pero a tu lado.

Inconstante


Eso pensará quien no me conozca y se acerque de vez en cuando a este blog: que soy inconstante. ¡Quienes me tratan ya sé que lo saben por experiencia! No soy constante en muchas cosas, y me arrepiento de ello, y soy consciente que esa es una sombra que me acompañará creo que de por vida... Quizás porque tengo cierto ramalazo adolescente todavía; o porque culpo a los demasiados trabajos que cojo y me echo encima... Tal vez porque me gusta experimentarlo todo, correr a lo nuevo (personas, sensaciones, amistades, novedades...) y luego veo que no puedo con ello, que era un compromiso demasiado serio, y yo me siento tan pequeño... No soy constante, no voy a engañar a nadie. ¡Ya he sufrido en mi vida algunos problemas a causa de esto! Y sospecho que vendrán más...

Cuando estrené este blog sabía que le daría también este tinte de mi personalidad, por desgracia. Siempre me ha gustado venir a él y volcar algo de mi vida. Hay temporadas en que uno está más "fecundo", y otras en que anda más despistado... Siempre me he sentido a gusto aquí. En estos dos años se ha convertido en un lugar de libertad, en horizonte donde soy yo mismo, donde puedo gritar o hablar bajito, expresarme sabiendo que voy a caer bien. ¡Me encanta venir aquí, y lanzar mi botella más íntima a este mar infinito!

Por eso vuelvo, porque tengo más que decir; porque la primavera es hermosa y sus atardeceres increíbles; porque me vuelve a salir la vena más personal; porque se me hace maravillosa y excesiva la vida. Y porque aquí contemplo más entusiasmado aún su medida y profundidad... Por eso vuelvo sí, porque en estos meses pasados mi horizonte ha sido demasiado estrecho y limitado, y nuevamente tengo sed de inmensidad...

Y vuelvo por algo más, que ahora explico. Cuando empecé este "diario" apenas tres personas sabían de su existencia. Me daba vergüenza decirle incluso a mis amigos que podían asomarse a esta ventana y verme con más claridad (aún hoy no son mucho más de cuatro o cinco).Temía que se metieran intrusos, desconocidos, que hicieran daño a mis sentimientos, como ocurre en otros blogs. Pero nunca imaginé que gente desconocida entrara aquí y se sintiera a gusto, y me diera la oportunidad de enriquecerme y enriquecer. Personas a las que pudieran llegar mis palabras, botellas, sentimientos... Jamás pensé en ello. Y ahora sucede así. Y confieso que me siento dichoso por ello. Aunque no quiera que mi horizonte al atardecer se convierta en playa ruidosa, sino en encuentro sereno de amigos...

Esa es otra razón de peso para volver. ¿Y si Dios metiera sus palabras invisibles en mis botellas inconstantes? Gracias por esperarme, por acoger en silencio lo que para mí es importante. Gracias porque miramos en la misma dirección. No dudo que a nuestras espaldas, mientras contemplamos, Él sonríe...

lunes, 30 de marzo de 2009

Fidelidad

Me viene al pelo de la entrada anterior. Yo no soy fiel. Ni a mí mismo, ni a los demás, ni siquiera a Dios como me gustaría. Y sé que quienes quiero, quienes no me caen bien (y a los que me debo) tampoco son fieles. La flaqueza en la fidelidad es marca en lo humano. Y no puedo renunciar a personas o proyectos, a relaciones o encuentros por esa carencia...
Pero Él sí es fiel. Profundamente fiel. Y yo lo sé porque mi alma y mi carne lo experimentan cada día. Él sí es fiel. Mis traiciones, esas en las que tantas veces me muevo, no son nada al lado de su fidelidad. Él es fiel. Y con Él yo aprendo. Él es fiel. ¡Se me llena la boca al decirlo! Él es fiel...

¿Con quién cuento?



Acabo de llegar a mi casa. Está lloviendo y es primavera. Salía temprano, cuando empezaba a amanecer, y regreso ahora que está oscureciendo. No me ha ido mal. Pero vengo triste. Intento repasarme por dentro para ver qué me pasa en verdad, y llego a la conclusión de que hoy me encuentro solo.
Sé que esto es una contradicción en mi vida. Siempre digo que cuento con miles de personas, a las que quiero y me quieren de verdad. Y eso es totalmente cierto. No sé, pero hoy me siento solo. Y tengo a la misma gente querida, queriéndome a mi lado, y demostrándomelo (aunque quizás los vea menos o les preste menos atención…).
“¿Soy significativo para alguien?”: esta pregunta me la hacía años atrás cuando empezaba esta vida. Ya sé que muchas veces no (¡casi nunca!), y me importa poco. No he venido a ser un super hombre, y además no tengo madera para ello. Cuando he querido hacer ese papel, siempre he decepcionado, también a mí mismo. Vengo a estar, acompañar, hacer camino. Vengo a no hacerme imprescindible para nadie. Pero muchas veces me viene el adolescente que escondo, que reclama cariños y mimos… No; soy lo que me siento llamado a ser, sin necesidad de que nadie se fije en mí.
Esta tarde me venía una pregunta parecida: “¿con quién cuento?”. Tal vez las tres o cuatro personas que lean esto sabrán que con ellos, y a toda costa. Pero tampoco, por más importantes que sois para mí. Ahora que me siento solo sé que cuento conmigo y que cuento con Dios. Y desde ahí con todos los demás. Sin Él y sin mí, estoy solo…
Muchas veces me ha visitado la soledad. Al principio era un monstruo horrible que me daba pánico. Ahora sé que necesito distancias y silencios para reestructurarme por dentro, para volver a mi sitio, a mi ser, para ser yo en verdad…
Voy como una moto, y me alejo de mí, de mi proyecto, de mi centro, de mi silencio y soledad creadora. Y Dios se me esconde (o me lo escondo yo). Y cuando no estamos ni Él ni yo, ya no soy nadie. Pues hoy me acuso de esto. De vivir superficialmente, de estar pendiente del cariño ajeno, de no mirar más que estos pasos y estos brazos, y perder de vista el aire, el sentido, el horizonte. Por eso me siento solo.
Sé que soy querido, y mimado y cuidado. Pero esos amores sólo me hacen crecer cuando los recibo en mi sala más íntima, en mi ser y en mi fe. Ahí me construyen; fuera de ahí me distraen y apenan…
Ahora siento más paz. Aunque el día haya sido largo, esté cansado y siga lloviendo. Cuento con Dios. Cuento conmigo. Y afortunadamente sé que cuento con vosotros.

domingo, 22 de febrero de 2009

Alma de gacela

En un lugar de Tanzania, algunos pretendieron criar gacelas.
Había mucha gente de la región que lo hacía. Las encerraban en un cerco de caña, al aire libre, pues las gacelas necesitan beber de los arroyos del viento y no hay algo tan frágil como ellas.
Aunque si son capturadas jóvenes, viven y hasta toman alimento de las manos. Se dejan acariciar y hunden su hocico húmedo en el hueco de la palma. Y uno se cree que las ha domesticado. Uno cree que las ha protegido del desconocido pesar que, sigiloso, extingue las gacelas dándoles la más dulce de las muertes… Pero llega el día en que las encuentras empujando la valla con sus cuernecillos, para huir hacia el desierto. Están magnetizadas.
No saben que están huyendo. Beben la leche que les llevas. Se siguen dejando acariciar, hunden incluso con más dulzura el hocico en tu palma… Pero en cuanto las sueltas descubres que, después de un trotecillo que parecía dichoso, han vuelto a ser atraídas por las cañas. Y, si ya no vuelves a intervenir, permanecen allí, sin ni siquiera luchar contra la barrera, cargando simplemente contra ella, con la cabeza baja, con los cuernecillos hasta la muerte. ¿Se trata de la época de celo o, simplemente de la necesidad de correr a galope tendido hasta perder el aliento? Ellas no lo saben. Sus ojos todavía no se habían abierto cuando fueron capturadas. No conocen la libertad de las arenas ni el olor del macho. Pero tú, mucho más inteligente que ellas, sabes que sólo el vasto espacio les podrá dar lo que buscan. Quieren ser gacelas y danzar su danza. Quieren conocer la huída rectilínea, a ciento treinta kilómetros por hora, interrumpida por bruscos surtidores, como si aquí y allá se escaparan las llamas de la arena. ¡Poco importan los chacales si la verdad de las gacelas es saborear el miedo, lo único que les impulsa a superarse a sí mismas y ejecutar sus más increíbles volteretas! ¡Qué importa el león, si la verdad de las gacelas es ser desgarradas por un zarpazo bajo el sol! Las miras y piensas: están embargadas por la nostalgia. La nostalgia como deseo de algo que no podemos describir… Ese objeto del deseo existe, pero no hay palabras para describirlo.

Y a nosotros ¿qué nos falta?

Llegó a mis manos este texto cuando acababa la carrera. Y lo guardé porque me pareció bonito. Creo que era de Saint-Exupéry. En estos días lo he vuelto a recordar y lo he desempolvado. Me lo han recordado los alumnos. Cuando lo leí por vez primera no creía que pudiera referirse a ellos, los que aprenden y enseñan, y tienen por delante un camino que andar. Pero hoy creo que fue escrito para ellos, sí.

Tienen algo que les lleva a volar, a ir allí donde uno les prohibe o les asusta. Llevan la curiosidad en la sangre. Uno se esfuerza por poner a su alcance lo mejor, por prepararlos para el futuro incierto y tal vez cruel que les espera, por darle claves, pistas, consejos, valores. Pero cuando los pierdes de vista se te han ido. No creo que sean malos, o desobedientes (aunque me indigna y decepciona su actitud). Es que son críos, adolescentes inquietos que se meten en líos, de los que luego tendrán que pagar las consecuencias.

¡No sé ni por qué los justifico, porque no lo merecen! Pero sigo creyendo en la bondad innata de las personas, y creo que son débiles y necesitados de misericordia. Lo llevan en los genes. Les hablas de Dios y se aburren. Pero creo que lo están buscando. Por caminos siniestros la mayoría de las veces. Pero buscan algo más, y por eso andan inquietos. Ojalá algún día, en el infinito y el vértigo, quizás con el alma rota y cargados de problemas, den Contigo. Que por algo estás en ellos.

Si me nombras

Guardo un buen recuerdo de esta canción. Más bien de la letra. ¡Me quedo con cada una de las frases y todas tienen un sabor especial! ¿Quién me hace ser a mi? Lo tengo muy claro. ¡Identifico perfectamente al que continuamente me nombra y me levanta!
Pero hay algo más que me gusta. Tal vez sea una herejía decirlo en voz alta. Me lo enseñó un buen profesor que tuve en la carrera. Yo soy (cada uno somos) el que hace ser a ese Otro que se escribe con mayúscula. ¡Es el misterio de la relación! Somos mutuamente, y mutuamente nos hacemos. Hacer camino es ir nombrándonos, costruyéndonos, soñándonos.
¡Sigo haciendo camino con Aquel que me nombra!

Escuchar y ser escuchado



Intento escribir alguna reflexión sensata esta tarde, y mientras lo hago me interrumpen por dos veces. Es gente que viene a saludar. Da alegría recibir a los amigos y echar un buen rato con ellos, claro que sí. ¡Siempre! ¡Qué gusto ser molestado para esto! Hablamos de lo humano, también de lo divino. Y se queda en el aire una reflexión que es como un dogma: “la gente necesita ser escuchada”.

Es una verdad como un templo. Lo he pensado muchas veces; primero por necesidad propia, y después por servicio agradecido que puedo hacer a los demás. Hay profesionales para todo, expertos en cualquier cosa. Incluso la gente de a pie se llena la boca y el pensamiento y poco lugar queda para acoger lo que traen los demás, para hacerle un espacio al silencio y permitir que el otro lo llene. Le he dado vueltas y lo he hablado con algunos: hacen falta profesionales de la escucha. Y creo que muchos de los problemas se nos enquistan porque no tenemos oportunidad de sacarlos, quizás porque nadie nos da esa posibilidad.

Cuando empezaba mi aventura de ser fraile, y veía los poquitos dones con que la vida me dotó, intuía que ese sí lo tenía medio desarrollado. Me gusta escuchar. No sé si lo hago bien, pero me siento atraído por prestar corazón y oídos a las vidas de otros. Creo que como sacerdote -en estos tiempos que corren- el mejor sacramento que puedo ofrecer es el de la escucha. Tiene mucho de sagrado, y de divino, de reparador y salvador. Y es puerta de acceso a una trascendencia mayor. Creo en quien me escucha porque se fía de mí, porque me hace grande.

Me gusta reconocerlo una vez más. Agradezco a los que me conceden tiempo y acogida; y me ofrezco, servidor, a quienes necesiten corazón y silencio.

Morbo


Vuelven a aparecer en estos días, y por desgracia, noticias trágicas en televisión. Y lo que sale en televisión se repite hasta la saciedad en la calle, de modo que todo se acaba transformando en espectáculo público. Los periodistas e investigadores, expertos y competentes en la noble materia de informar, nos cuentan hasta los últimos detalles de los sucesos, y se valora hasta lo más mínimo como imprescindible. Salen a la palestra improvisados jueces que señalan culpables y aplican penas, a la vez que plañideras maquilladas y vecinas sorprendidas de la bondad del que otros hicieron malo. A lo lejos los buitres carroñeros saborean las últimas gotas de sangre, como si de un festín diabólico e inhumano se tratase. Y planea por el horizonte el miedo y la oscuridad, la voz en off que insinúa que esto le puede pasar a cualquiera.

Siempre igual. Se pierde el norte humano y se jalea lo íntimo, y no importa nada el dolor ni el duelo, sino el negocio de las lágrimas sin llanto. Siempre igual. Hasta que se pase esta noticia y venga otra. Y vuelta a empezar.

Lo cuento porque me da asco. Porque no soporto el negocio con lo sagrado. La vida, la muerte y el amor lo son: realidades profundamente humanas que merecen un respeto y un cuidado. ¿Por qué nunca será noticia lo bueno? ¿Quién hablará de los que luchan cada día, y hacen el bien, y sonríen y ayudan a los otros? ¿Dónde se oirá la historia de los que madrugan y trabajan y limpian este mundo para hacerlo más bonito?

No me conformo con que me digan que todos los humanos somos rastreros y tenemos una cierta vena sádica. Quiero que cuenten que se nos manipula, que hay otros intereses, que es más cómodo llorar sin lágrimas que trabajar con ganas. Por eso, ante estos vendavales de miseria, mi aprecio y reconocimiento a los hombres y mujeres que a diario pintan el mundo con buenas noticias.

Existir es amar

Pues eso: que existir es amar. Y que sólo existe de verdad quien ama de verdad. Y que muchos pasan por la vida sin existir siquiera, aun invocando a dioses mágicos o a ciencias exactas. ¡Si Descartes levantara la cabeza!

domingo, 8 de febrero de 2009

Mi casa

… Y esa de ahí es mi casa. Tiene una historia peculiar, y quiero dejarla escrita aquí. La he contado muchas veces a la gente, y la he puesto como modelo de la Vida Religiosa de estos tiempos. Aprovecho que el día dos de este mes fue la fiesta de los consagrados. Y así hablo de mi casa.

Esa casa es nueva. No tiene más de cinco años, creo. La casa donde yo me críe era maravillosa. Tenía corral y cuadra, chimenea, horno, pajar. Recuerdo los jamones secándose en la cámara, el grano almacenado, los útiles de labranza, los aperos de los mulos. Sin embargo, lo que a mi parecer la hacía especial, era la azotea. Las vistas eran inolvidables. Aún guardo los ratos de juego allí arriba con mis hermanos mayores. Los terrados de launa, los palos, las cañas, las goteras. Mi casa era fantástica. Fue taberna antes de que mis padres se casaran, y ardió según dicen. Por ella pasó mucha gente. Se hacía una fiesta cuando había matanza.

Cuando se quedó deshabitada y apenas ya había vida dentro de ella, la casa amenazaba ruina. Mi padre le ponía parches, pero no era suficiente. Echar techos nuevos no servía para mucho. Tenía cimientos excelentes, pero se venía abajo sin remedio. A todos nos dolía, pero se tomó la decisión acertada. La casa se tiró abajo. Aquel caserón enorme, de dos plantas y corrales, el mismo por donde corrió tanta vida.

Y se construyó una pequeña casita respetando los antiguos cimientos. Una sola planta con lo imprescindible: cocina, habitaciones y aseo. Ya no tenía aquella terraza maravillosa, ni el encanto del pajar o el calor del horno. Pero es una casa útil y confortable, acogedora y práctica. Y en ella hay vida, acogida, familiaridad… Sigue siendo mi casa, y me sitúo perfectamente en ella. Perdió mucho en espacio, en belleza, en poder. Pero ganó mucho más en calor. Junto a las vecinas aparece pobre y ridícula, y sin embargo ha sido la primera en adelantarse al futuro. Tiene un aspecto diferente, pero la misma fuerza de hace años. Y ahí está, dispuesta a seguir generando mucha vida.

[Todo parecido con la situación de la vida consagrada es más que pura coincidencia].

Ser pueblo

Sigo hablando de mi pueblo, el lugar donde pasé los primeros seis años de mi vida. Y lo hago porque creo profundamente que lo que viví allí me marca y marcará para siempre. Que llevo mucho de esos cerros en mi alma. Que me define esa soledad y pobreza. Que me crié entre viento y olivos, entre sol y sequía. Que me asombra el agua y no conozco milagro más maravilloso que verla brotar de la tierra. Que mi vista se curtió mirando esconderse el sol cada día allá por la sierra de la Contraviesa. Los cerros, los tajos, los barrancos, la luz y el fresco me acunaron y me siento tan hijo de ellos como de mis propios padres.

Siempre idealicé a mi pueblo. Soñaba -en mis fantasías más infantiles- mi futuro en él. Era lo mejor que podía esperar: ser siempre yo en aquellos lugares. Daba vueltas a la imaginación y no me veía lejos de lo que creía íntimamente mío. Pensar que mi pueblo pobre se perdiera un día me dolía mucho.

Alguien me dijo una vez algo que llevo bien grabado dentro: “tu patria será el mundo y todos los hombres tus hermanos”. Ya he viajado mucho. Llevo creo que años sin pisar aquellas tierras. Hoy veo esta foto y siento que no me hace falta. Que un pueblo no es sino una realidad interior. Que tajos y barrancos, almendros y puestas de sol, brisas y sequías las llevo dentro sin necesidad de moverme. Que me conforman. Que vienen conmigo donde yo vaya.

Me enternece mirar estas fotografías. Y agradecer tener tanta vida grabada en mi alma. Yo soy tierra peculiar. Yo soy pueblo.

viernes, 6 de febrero de 2009

Primavera



Ya está cerca la primavera. Me lo dice el corazón. Es verdad que apenas ha empezado febrero, el mes más frío del año, pero sé que está a la vuelta de la esquina.
Después de casi una semana sin parar de llover esta tarde ha salido el sol. Pero no era el de siempre, un sol cualquiera, tímido, de cualquier tarde de invierno. Era un sol que anunciaba la primavera.
Los almendros ya están en flor desde hace días, aunque hoy lucían más hermosos aún. Como si adelantaran la noticia. La lluvia ha dejado paso a unas mínimas florecillas blancas, asustadas todavía. El agua corre mágica torrente abajo y hasta por los bordes de los caminos... Lo más hondo del invierno esconde dentro de sí el tiempo nuevo de la primavera.
Y esta noticia que mis ojos han recibido mientras conducía y se intentaban esconder de la luz, me gustaría que llegara a las partes más recónditas y oscuras de mi persona. Esas que se resignan al frío, la noche y el miedo. Esas que no son capaces de barruntar, y aun ocultan, lo que está llegando. Ojalá se colara un rayo de este sol nuevo en el alma gris y escarchada de tantos enfermos del invierno. Viene lo nuevo, está brotando, y llega de adentro hacia afuera.... Espero su venida hasta encontrarla del todo.

jueves, 5 de febrero de 2009

Mi pastor

Uno de los días que recuerdo con más angustia en mi vida fue aquel en que dí un pequeño paso geográfico, pero un largo paso en mi crecimiento y sentido. El día, con fecha y recuerdo imborrable, en que salí de la casa de mis padres, con apenas dos maletas, algo de ilusión y mucho miedo. Dudando entre lágrimas, si hacía lo correcto cuando dejaba rotos a los míos y me embarcaba en una aventura desconocida que tenía a un Dios, casi desconocido también, empujándome a seguirle. Subí a un autobús y rezaba con ojos llorosos.

Otras veces he vuelto a tener esa experiencia, cuando el futuro me asusta y yo tengo que subir a autobuses que me llevan a él, sin más equipaje que una pizca de fe.... ¡Más veces sé que haré ese viaje! Y creceré un poco en cada etapa.
Siempre me ha acompañado la misma oración. Creo que pocas hay tan hermosas como esa: "El Señor es mi pastor, nada me falta, por verdes praderas me hace recostar...." (Salmo 22). Repetirla me ayuda siempre, ¡me da tanta paz!
Esta tarde la rezo con quienes sé que la necesitan; pienso en tantos conocidos a quienes les va a venir muy bien saberse guiados por Alguien más grande. Tantos que necesitan saber que no van solos... En este viaje misterioso que todos realizamos en la vida con frecuencia Dios viene con nosotros.

domingo, 1 de febrero de 2009

Si me llamaras



Mañana, segundo día de febrero es el aniversario de dos mujeres a las que quiero mucho. Desde ya las recuerdo y agradezco su vida, su amistad, su entrega. Da la casualidad que ambas son consagradas, una religiosa y otra contemplativa. Las dos, dominicas. A las dos debo bastante en mi manera de ser y también en mi forma de vivir. Una me acompañó desde que era apenas un niño. Me enseñó a rezar, a buscar a Dios y a quererlo. Me habló de Él -con su palabra y su testimonio- y comprendí que ningún amor era tan valioso como ese. Y aún hoy, ¡a mis años! me sigue cuidando. ¡Qué haría yo sin ella!

La otra llegó a mi vida cuando empecé esta etapa de ser fraile. Con pocas palabras hemos compartido muchos años. En mi silencio sé que sigue siendo fiel amiga y hermana... Su vida me enriquece y su oración me hace fuerte. Incluso en mi frialdad sé que es importante para mí y la quiero un montón.

Mañana es, además, el día de los consagrados. De estos seres "raros" que nos sentimos apasionados por un Amor que no se escribe con minúscula, y cuya huella esconden los pequeños de la tierra. Dios y los hombres son nuestro centro. Cualquier día escribo sobre esta vida de "minorías". Esta noche, con la memoria y el corazón agradecidos, felicito a estas mujeres, y a mí mismo, por haber escuchado y seguido una peculiar llamada.


¡Si me llamaras, sí; si me llamaras!
Lo dejaría todo, todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos y un amor.
Tú, que no eres mi amor, ¡si me llamaras!
Y aún espero tu voz: telescopios abajo,
desde la estrella, por espejos, por túneles,
por los años bisiestos puede venir.
No sé por dónde. Desde el prodigio, siempre.
Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro, incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca desde la voz que dice: «No te vayas».

(Pedro Salinas, "La voz a ti debida")

lunes, 26 de enero de 2009

Mis amigos


Estoy buscando entre mis poemas favoritos alguno que hable de la amistad, de la importancia de los amigos. Ninguno me gusta del todo. Miro en internet, donde hay de todo y a la medida de cada uno. Tampoco me agrada nada de lo que veo. ¡Cuánta cursilería! Así que este post tendrá que ir sin frases poéticas cultas... Me basta con que vaya con sentimiento.


Hoy quería, de nuevo -y por mucho tiempo-, dar gracias por la amistad. No, mejor. Quiero dar gracias por mis amigos. Esas personas que me hacen sentir tan feliz, que me regalan tanto con su vida, con estar a mi lado. Los que me aguantan, me cambian, me quieren. Quienes me cuestionan, me emocionan, me divierten. Esos mismos que me hacen crecer y ser feliz. ¡De ellos aprendo tanto! Muchas veces se me pasa el rato pensando en ellos y disfruto haciéndolo. Son parte de mi identidad.


Claro que tienen nombre y apellido. Y teléfono, y messenger. Unos hombros muy anchos y un corazón muy grande. Detalles infinitos. Vidas e historias que me emocionan y empequeñecen. Paciencia, alegría, sueños que compartimos juntos. Y problemas que a veces duelen y mucho. Le pido a Dios que no se cansen de mí, porque no sé responder a tanto amor que recibo y tal vez no sepa cuidarlos como se merecen. Y a ellos les digo que nunca podré pagarles tanto como me dan día a día. ¡¡Gracias!!

Al final del camino me dirán:
—¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres.
Pedro Casaldáliga.

Aprender


Muchas veces me defino a mí mismo como "maestro". Es verdad que no tengo ni siquiera ese título, aunque de ello ejerzo y por ello me pagan. Y no es sólo la enseñanza lo que me hace ser "maestro". Me muevo con mucha más gente en otros ambientes que acude a mí a aprender cosas, teorías, opiniones, reflexiones... Con frecuencia se me suben los sueños a la cabeza y me creo lo que no soy. Siento cátedra con mis palabras, experimento la apatía del "funcionario pedagógico", juzgo y pongo notas ridículas, potencio mi imagen de sabio y entendido...


Este fin de semana me he encontrado con gente a la que iba a enseñar. Y he aprendido yo de ellos más de lo que tenía preparado para trasmitirles. ¡Cuántas veces lo he experimentado con los niños, con la gente sencilla! Y llegaba a la conclusión de que lo propio del maestro no es enseñar, sino aprender. Sólo tiene autoridad para enseñar quien tiene humildad para aprender primero.


Pues eso. Quiero seguir aprendiendo. Y tengo buenos maestros. ¡Gracias, Señor, por ellos!

miércoles, 21 de enero de 2009

Lo que quiero ser

Quiero ser pastor que vele por los suyos;
árbol frondoso que dé sombra al cansado;
fuente donde beba el sediento.
Quiero ser canción que inunde los silencios;
libro que descubra horizontes remotos;
poema que deshiele un corazón frío;
papel donde se pueda escribir una historia.
Quiero ser risa en los espacios tristes,
y semilla que prende en el terreno yermo.´
Ser carta de amor para el solitario,
y grito fuerte para el sordo…
Pastor, árbol o fuente,
canción, libro o poema…
Papel, risa, grito,
carta, semilla…
Lo que tú quieras, lo que tú pidas,
lo que tú sueñes, Señor…
eso quiero ser.

martes, 20 de enero de 2009

Desde abajo


Creo que he debido de ser de los pocos ciudadanos del mundo que esta tarde no han vibrado con Obama, su juramento y todo el acto social que se ha llevado a cabo. Ahora escucho las noticias de la radio y hablan de algo grandioso, monumental, histórico; en medios, presencias y expectativas de futuro. Yo no he visto nada. He decidido que no quería. No me gusta meterme en los jaleos donde acude mucha gente. En esos momentos uno puede mirar a donde nadie mira y disfrutar mejor al sentirse contracorriente... Pero confieso que hace un rato leí enterito el discurso que el susodicho ha pronunciado. Y me ha gustado. No sé si es porque en sí vale o porque iba condicionado a valorarlo positivamente.


Hay algo en todo esto que me cuestiona. Evidente es que son los medios de comunicación los que nos llevan a mirar este acontecimiento como ellos quieren que lo veamos. Pero siento que hay algo más profundo. En estos momentos no existe ningún líder a nivel mundial (ni local siquiera...), ninguna figura que entre tantas sombras y crisis ilusione y devuelva la esperanza, el sentido de futuro, la experiencia más profunda de lo humano. Y es como si quisiéramos ver en este señor de color la respuesta a lo que necesitamos y anhelamos en lo más hondo... Veo que en su discurso ha dejado caer mucho sobre este tema. No importan los políticos, sino la lucha del pueblo, agarrado a sus raíces y apostando por el futuro.


Ojalá sea este hombre un revulsivo para nuestra modorra mundial. Me da miedo pensar que los cargos acaban con los carismáticos, el poder con los profetas. ¡Cuánto necesitamos gente de sentido en medio de tantos chaparrones, de tanta pobreza en tantos niveles! Ojalá sea él. El tiempo irá diciendo. Por si acaso yo seguiré, en mi mediocridad, poniéndole un poco de color a este mundo que me rodea, y viendo cómo otros lo hacen. No lo dicen los medios, pero el Reino suele llegar desde abajo.

domingo, 18 de enero de 2009

Pasión compartida

Durante el fin de semana que termina he tenido la suerte de estar con un grupo de chavales que se preparan para ser dominicos, que están dando los primeros pasos en este camino. Son nuestros postulantes, y vienen de lugares distintos del país. No son muchos, es verdad. Ni falta que hace. Con lo que son y tienen intentan responder en fidelidad a una llamada interior, como han hecho tantos hermanos y hermanas en ocho siglos de Historia.
Así que estos días he vuelto a mis tiempos antiguos, he hecho memoria de aquella etapa tan bonita para mí. ¡Cuántos buenos recuerdos! En mente tengo la risa sobre todo, la alegría y picardía de los primeros momentos. Y la felicidad inicial. La pasión sincera, la locura juvenil...
Me ha venido bien acompañar a estos muchachos. Las generaciones cambian mucho y sus experiencias son diferentes a las mías. También sus historias personales. Y su futuro no se parecerá al que yo viva, tal vez. Pero nos une algo importante. Tenemos el mismo sueño y queremos realizarlo por estas sendas concretas. Nos quema el mismo fuego. Nos compromete la misma búsqueda. ¡Qué suerte tener hermanos jóvenes! ¡Qué suerte que hay futuro! ¡Qué suerte que Dios se fija en gente buena y la llama para construir su Reino!

miércoles, 14 de enero de 2009

Calles interiores

No sé si el alma tiene calles. ¡No sé si esta reflexión es demasiado absurda incluso! Pienso que por dentro todos llevamos montones de senderos y rutas, que nuestra vida interior discurre entre avenidas amplias que recorremos con facilidad y callejitas estrechas y cálidas, donde buscamos un hueco. Y creo que a veces tenemos que subir cuestas empinadas y otras nos encontramos en callejones sin salida. Hay calles de diario y calles de fiesta. Plazas de bullicio, frías e impersonales, y esquinas de encuentros inolvidables. Pisos de asfalto unos y otros de tierra y barro. Calles, cruces, bancos de piedra...
Pero lo que define a una calle son las personas que circulan por ella, quienes la pisan, quienes la habitan. Y le dan nombre los encuentros, las experiencias vividas en ellas. Y le ponen luz y color, y hasta una cierta musiquilla...
Esa calle de ahí fue la mía. En ella aprendí a andar. La del fondo fue mi casa hasta que cumplí seis años. ¡Aún la recuerdo! Tomado de la mano de mi madre o subido en los hombros de mi padre. Corriendo cuesta abajo en busca de la pelota de goma. Sentado en la esquina tomando el fresco a la luz de la luna del verano. Mirando embelesado las jaulas de canarios colgadas de la pared. O los nidos de las golondrinas. Poniendo mi tienda de trastos en el tranco en días de juego. Acompañando procesiones y tocando el Misterio. Sentado en la silla junto a mi abuelo anciano. Bajando con las cabras hacia el corral. Levantándome con las rodillas llenas de heridas y sangre... Mi calle.
La he visto colgada en internet. Y se me despertado un poco mi adentro. ¡Cuánto de mí en esa calle! En el fondo soy como ella, y no está tanto en los papeles o en las cámaras. Esa calle está en mi alma como un recuerdo sagrado, eterno, imborrable. Y sé que circulo por ella con frecuencia, y me encuentro con personas que ya no están aquí pero me salen al encuentro, recordándome lo mejor de mí... No quiero perder ese camino. La miro y me veo. Y en ella se despierta tanto bueno...
Estos días azules y este sol de la infancia...
(A. Machado)

La única rosa


Ando preocupado estos días (¡y cuándo no!). Hay algún problemilla que no se me va de la cabeza. Y lo que sucede en estos casos: cuantas más vueltas le doy, más me enredo. Tiene que ver con personas, actitudes, actuaciones complicadas, motivaciones confusas... Me resulta muy fácil juzgar y calificar a unos y otros. Y confieso que me caliento demasiado poniendo adjetivos negativos a compañeros que, ciertamente, ni siquiera conozco del todo.
Con esas preocupaciones llegué ayer al mediodía a casa. La niebla y la lluvia fina seguían cayendo desde la mañana. En la estatua de piedra del fundador de la casa, que flanquea la entrada, alguien había dejado una rosa. Una rosa fresca, tierna, más hermosa aún por las gotas del agua. Me enterneció esa imagen. ¿Quién lo haría? ¿Por qué? ¿Qué sentimientos profundos expresaba esa flor?
La imagen era preciosa. No me resistí a sacar la foto. Sobre la piedra fría y dura, estática y eterna, la fragilidad y belleza de una débil rosa. Entre piedras y rosas se mueve la vida de las personas. Y no hay rosa sin mármol, ni mármol sin rosa. ¡Qué poder tiene una flor sobre la piedra! No la rompe, pero la cambia, la embellece, le da sentido, vida, calor. Mi alma gritaba en silencio a Dios. Porque sé que Él pone flores en mis muros cada mañana. Y porque necesitaba reconocerlo. ¡Que nunca vea a los otros, ni sea yo mismo, mármol sin rosa!

Todas las rosas son la misma rosa,
amor, la única rosa.
Y todo queda contenido en ella,
breve imajen del mundo,
¡amor!, la única rosa.
(Juan R. Jiménez)

sábado, 10 de enero de 2009

Distintos, iguales


He llegado hace un rato de la catedral. En una celebración solemne hemos despedido al Obispo, que marcha destinado a otro lugar. El acto ha resultado bonito, sus palabras emotivas y sinceras, y aunque el lugar y el día son gélidos, se notaba el calor humano. Había muchísima gente. Pero sobre todo, lo que más me ha llamado la atención: había cantidad de curas, cientos. La mayoría jóvenes. ¡Como yo y más!

Varias veces a lo largo del año solemos participar allí mismo de otras celebraciones de este tipo con ocasión de distintas fiestas importantes. Confieso que no suelo ir de buena gana. Primero porque por mi tarea (y por opción) no me muevo demasiado por ese mundo clerical. No conozco caras, ni tampoco nombres, ni menos los rangos u oficios. Además, por formación y estilo de vida -propio y de la Orden- nuestra mentalidad es más abierta, nuestra manera de vestir diferente y más normal, nuestras conversaciones distintas, nuestras prioridades otras. Muchas veces me encuentro sacerdotes por la calle (vestidos como tal) e instintivamente tengo que tomar conciencia de que yo también lo soy, y que somos diferentes, y yo me siento a gusto con vivir el sacerdocio de esta manera.

Hoy me sentía muy a gusto en la catedral, rodeado de cientos de curas. Veía a los jóvenes y me daba mucha alegría: ¡Qué bien que Dios sigue llamando a gente joven para amarlo y servirlo de este modo! ¡Qué bien que somos muchos! ¡Qué bien que siendo tan distintos celebremos la fe unidos en el mismo espíritu y disfrutemos de ser hermanos!

Hoy, una vez más, daba gracias a Dios por haberme hecho sacerdote, y porque quiere que lo sea "a mi manera". Y agradecía la pluralidad dentro de la Iglesia, que seamos muchos y podamos ser diferentes. Pero unidos. Unidos en Él y en Sus gentes.

¿Dios existe?

Estos días se está hablando demasiado del anuncio que algunos autobuses de Barcelona llevan, y en el que se lee algo así como: "Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". ¡Hasta los niños sacaban el tema en clase! Veo que, aunque ha pasado tiempo, el asunto sigue estando en el candelero. Incluso el Vaticano ha hecho alguna declaración sobre ello. Me he acordado -cuando escuché la noticia- de un buen profesor que me dio clases en la carrera, que con una sabiduría especial, repetía con frecuencia la siguiente frase: "No creo en los ateos, siempre hablan de Dios".
Por supuesto que, siguiendo detenidamente el argumento de los autobuses, si Dios no existe es mejor disfrutar de la vida. ¿Y si existe? ¿Y si alguien cree en Él? ¿Ese creyente entonces no disfruta de la vida? Yo, como tanta gente, creo en Dios, y creo precisamente porque creer me hace más persona, más feliz, más humano. Creo porque creer me hace afrontar con más madurez los problemas de cada día. Y creo porque en Dios encuentro paz. Y creyendo disfruto mucho más que si no lo hiciera. Y me considero dichoso por tener fe.
Hay muchos que no creen. Conozco a varios. Y para ellos es un drama eso de no tener fe. Pero son incapaces de encontrar aunque buscan. La fe es un regalo. Y Dios también. Lo bueno de estas personas es que siguen buscando. Y son felices, buenas, solidarias. Quizás mucho más que los buenos creyentes.
Los niños decían que es una provocación ese anuncio. Lo dice más gente, y ya han empezado a contestar. A mi, particularmente, me parece una anécdota. Y creo que es hasta bueno que salga el tema de Dios a la esfera pública. En la Edad Antigua, cuando los Santos Padres, ya pasaba algo similar. Es bueno que se hable de Dios. Y que la gente se cuestione si tiene necesidad o no de Él. Si verdaderamente Dios realiza a las personas. Y es más bueno expresar con la vida que, porque Dios existe, yo soy feliz, y puedo demostrarlo.

jueves, 8 de enero de 2009

Ver a Cristo


Me llamó varias veces en navidad. Quería hablar conmigo. Ya me lo había pedido hacía tiempo y yo le fui dando largas. Ahora era muy urgente. Esta tarde nos hemos encontrado. Y su confianza, su sinceridad, me ha hecho pasar un rato estupendo.

En pocos meses cumple dieciocho años. Lo conocí hace cuatro, cuando yo me estrenaba en la enseñanza. Él era un alumno difícil, de los que llamaban la atención en clase y no hacían nada. Me hizo sufrir, para qué voy a negarlo. Pero le cogí cariño: había en él mucho de nobleza escondida... En los años siguientes, aun tratándolo menos, fui teniendo la misma percepción. Se confirmó hace unos meses y pensé que ya no le vería el pelo. Y sigue viniendo, y se le ve cambiar...

Hoy, ante mi asombro por la cita y su inminencia, me dice que "ha visto a Cristo", así, literal. Que lo vio hace muchos años cuando era crío en el rostro de un pobre que le pidió ayuda. Y él no tuvo valor de dársela. Y lo ha visto en los últimos meses en una gasolinera. Tiene la apariencia de un mendigo que se resguarda allí del frío en las madrugadas. Se acerca algunas noches y a escondidas habla con él, lo conoce y lo trata, y le lleva un bocadillo o una manta. Pero sobre todo habla con él y siente que debe hacer algo...

Me han conmovido sus palabras. Y ha acabado con las mías. Tiene diecisiete años y esta tarde ha conseguido emocionarme. Se me ha convertido en un pequeño héroe, en un auténtico maestro. Y pertenece a la juventud que yo identifico como pasota, descomprometida y falta de valores. ¡Qué orgulloso me siento de él!

Esta mañana, antes de irme, leía el evangelio: "Jesús sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor". Y después en el comentario: "Para Jesús, la compasión no es una virtud más: es la única manera de parecerse a Dios, la única forma de mirar a las personas como las mira el Padre". Esta lección me la he aprendido muy bien hoy.

miércoles, 7 de enero de 2009

El trabajo

Y de nuevo a empezar... también en el trabajo. Confieso que no me hace gracia, que tenía muchos planes para estas vacaciones y sólo he cumplido una mínima parte... ¡Aunque tampoco ha estado mal este tiempo! Me asusta un poco pensar que todo vuelve a ponerse en marcha, la rutina traidora y también la salvadora. Me echan para atrás los líos que sospecho van a venir de inmediato, los problemas de siempre y los nuevos (variación de los otros...). Me asusta, sí.
Aunque también me gusta mi trabajo, y de vez en cuando pienso el bien que puedo hacer cada día y que nunca sabré del todo. Como experimento el bien que me hace a mí convivir con amigos y compañeros estupendos, y con unos chavales que tienen buen corazón y algunos valores envidiables... Me gusta mi trabajo. Y los retos forman parte de él, aunque a mí me tire tanto la calma de los viejos... ¡Me tendré que convencer de eso!
He oído en estos últimos años esa famosa expresión: "vivir mejor que un maestro". Ya conocía desde hace más tiempo la otra: "vivir mejor que un cura". ¡Pues por maestro y por cura vivo muy bien! ¡Puedo dar fe de ello! ¿Qué más se puede pedir cuando el trabajo es opción de vida? Pues eso: seguiré disfrutando de lo que vivo...
Adelante voy. Contento de compartir con la buena gente que construye el Reino entre lágrimas y sudores. Aunque a veces me de miedo y me sienta pequeño, o me trastorne lo que me saca de mi seguridad... Mañana vuelvo a lanzar mis semillas. Dios ya está germinando en muchas de ellas.

martes, 6 de enero de 2009

Juntos

Desde hace mucho tiempo disfruto con este vídeo. Nunca lo he enseñado a nadie. Lo he pensado muchas veces, en los momentos buenos, aplicado a las personas con las que trabajo. Es verdad que cada uno va a su aire, que parece imposible que todos vayamos en la misma dirección. Confieso que me da miedo, y que con frecuencia me quita la paz. ¿Será posible que algún día caminemos juntos hacia el mismo horizonte?
En estos días llegan las noticias de la violencia en Gaza, que se une a la que sucede en tantos lugares del mundo... ¿Será posible que alguna vez el ser humano pueda caminar junto a otros en paz?
Hoy, día de Reyes, me confieso a mí mismo y a quienes me escuchen que creo en lo profundo que es posible. Que trabajaré para que sea una realidad. ¡Juntos podemos!

¿Lo intentamos de nuevo?


Hace muchísimo tiempo que no abro esta página. De vez en cuando me acuerdo que existe y lamento no dedicarle unos minutos. Primero por mí, porque me hace bien expresarme en ella. Después por si a alguien en algún lugar perdido le puede servir lo que en ella dejo. Y tercero, porque habiendo tantas ventanas en este mar cibernético, también es justo que esta quede abierta, para lo que Dios pueda querer... Que a Dios le gusta eso de que las ventanas se abran...

Volvemos a intentarlo, ¿vale? Me lo digo a mí mismo, y lo digo digo suavemente (yo no soy de dar gritos) al comenzar el año.

Cuando estos días hacía balance de este tramo terminado, de estos 365 días, me sentía avergonzado. Mucho de mi vida se parece a este blog. ¡Tengo tanto olvidado! Personas, relaciones, opciones, planteamientos que en su momento me hice... ¡Hay tantas cosas incompletas en mi vivir cotidiano! La mediocridad, la rutina, la falta de verdad y voluntad se han ido adueñando poco a poco de mi barca... Y siento que ya no navego como antes. Que me paro, me estanco, me pierdo. He pedido perdón, ¡mucho perdón!, en estos días. Y he hecho propósito de empezar de nuevo, de remar con fuerza. Sí, quiero desplegar mis velas y dejar que tú me lleves. Necesito decirme con fuerza, y repetírmelo para que no se me olvide, que tengo corazón de marinero, no de turista acomodado. Empecemos de nuevo, maestro. En tu nombre echaré otra vez mis redes...