lunes, 24 de marzo de 2008

Alegría

Del dolor y los brazos

Viernes Santo. Impresiona en estas tierras ver la imagen de la Madre con el Hijo muerto en sus brazos. Nada hay tan doloroso como ese dolor tan cruel, compartido. Demasiados hijos, demasiadas madres, demasiado sufrimiento. Hago memoria esperanzada de aquellos, aquellas, a quienes llevo en la memoria, en el corazón. Vendrá su Pascua, no me cabe duda. Mientras tanto, en este oscuro tramo del camino… “como en Nazaret aquella mañana, he aquí tu sierva, he aquí tu esclava”.

Darse

Me deja sin comentarios esta escena. Hoy, con imágenes como esta, con escenas cotidianas de mi vida, doy gracias infinitas al Dios grande por saberme llamado por Él para ser su servidor. Aunque mil veces me sienta indigno puede en mí su gracia.

"Hasta el extremo..."

domingo, 23 de marzo de 2008

De veras


¿Qué has visto de camino
María en la mañana?
- A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Tú no mates...

Sé fuerte y generoso.
En este mundo, el daño más atroz,
el más profundo,
lo llevan en el alma los que hieren.
Defiéndete, si puedes.
Burla, esquiva,
pero si no queda alternativa
tú no mates:
tú sé de los que mueren.

(Laura Campmany.
Carta de una madre a su hijo.)

Noche


Es de noche. La naturaleza nos ha regalado el viento y la lluvia. Un espectáculo, que unido al silencio, embriaga e impresiona. Es de noche. Nos gusta asomarnos y mirar la luna nueva, como si Dios nos guiñara el ojo y nos empujara a seguir creciendo, a seguir naciendo, como si tuviera un lenguaje secreto de inmensidad y se nos revelara íntimamente. Pero no podemos negar que la noche, aunque nos cautive, nos da miedo.

Hay noches y no son tan agradables como la nuestra. En cuántos rincones de la tierra siguen resonando los sones de guerra. En cuántos hospitales, asilos o barrios miserables se palpa el clamor del dolor y la pobreza. Cuántos hombres y mujeres apagaron ya la última luz de esperanza que tenían para vivir. Heridas, depresiones, frustraciones. Cuántos valores dejaron de brillar y se ahogaron tal vez para siempre. Es de noche. Noche muy oscura en tantos rincones del mundo. En Irak o en el Tibet. En Afganistán o en Palestina. En América. En África. Y tal vez sea noche cerrada en nuestra alma, noche sinsentido provocada por nuestros límites y miedos, por nuestra pobreza y vulnerabilidad. Es de noche. Y tantas veces no hay más que decir…

Hemos caminado en la noche. No le hemos temido al frío ni a la lluvia y hemos salido confiados a buscar la luz, el fuego de la Pascua. Hemos proclamado que Dios actúa en la noche. En la noche creó. En la noche sacó a Israel de la esclavitud. En la noche despertaba aguas nuevas en las tierras secas. En la noche creaba corazones de carne en tierras de fecundidad… Dios actúa en la noche. Sólo hace falta velar. Y esperar. Esperar mucho, pero esperar en Él. Porque proclamamos con fuerza que Dios nos encuentra en la noche.

En la noche salieron años atrás unas mujeres. Hicieron de tripas corazón y caminaron buscando un sepulcro. Vencieron la soledad de la madrugada y se abrieron camino entre las sombras. Se resistieron a pensar que la noche y la oscuridad eran más grandes y poderosas que ellas. Se lo debieron de decir los varones del grupo: “no merece la pena que salgáis, no vais a hacer nada útil, es peligroso, acabaréis mal, se reirán de vosotras, os perderéis, os pasará algo malo....” Y en la noche se cargaron de perfume y buscaron un sepulcro frustrante y vergonzoso. Vencieron a la noche, a su propia noche. Se arriesgaron a esperar y buscar en la noche.

El mundo sigue siendo igual de feo, frío y vergonzoso que entonces. Y sigue habiendo muchos sepulcros con piedras inamovibles, tantos que esconden vida en su adentro. Y sigue siendo tan necesario llevar perfume a esos lugares de muerte. Y se oyen tantas voces: “es inútil, es imposible, no merece la pena, no hay nada que hacer…”, tantas voces de fantasmas que hasta nos salen de dentro…

Dios, el que nos salva cuando amamos, el que nos visita en el silencio de la noche, de esta noche de cruces y sepulcros, nos espera, nos sale al encuentro. Y sólo tiene una palabra: “no temáis”, “no tengáis miedo” “alegraos”… ¡Cómo resuenan en la noche, en estas noches sus palabras! ¡Cómo tienen fuerza para llegar a los confines de la tierra! ¡Cómo para colarse por ventanas, puertas y corazones!

Hoy merece la pena estar vivo. Y merece la pena sufrir, porque no importa, porque Él está y nos hace a todos nuevos… porque nos regala vida, porque nos sale de dentro y dentro nos habita y no lo podemos abarcar. Es el señor. Y todos le conocemos. Yo sé que seguirá siendo de noche en muchos sitios, ahí fuera. Pero no vamos solos. El camino de la vida con Jesucristo es siempre de vida y esperanza: “no temáis”, “no tengáis miedo” “alegraos”…

Dolor


Viernes Santo. Impresiona en estas tierras ver la imagen de la Madre con el Hijo muerto en sus brazos. Nada hay tan doloroso como ese dolor tan cruel, compartido. Demasiados hijos, demasiadas madres, demasiado sufrimiento. Hago memoria esperanzada de aquellos, aquellas, a quienes llevo en la memoria, en el corazón. Vendrá su Pascua, no me cabe duda. Mientras tanto, en este oscuro tramo del camino… “como en Nazaret aquella mañana, he aquí tu sierva, he aquí tu esclava”.
Te miro a los ojos, y entre tanto llanto
parece mentira que te hallan clavado,
que seas el pequeño al que he acunado
y que se dormía tan pronto en mis brazos,
el que se reía al mirar el cielo,
y cuando rezaba se ponía serio.
Sobre ese madero, veo aquel pequeño
que entre los doctores hablaba en el templo,
que cuando pregunté, respondió con calma
que de los asuntos de Dios se encargaba,
ese mismo niño, el que está en la cruz,
el Rey de los hombres, se llama Jesús.
Ese mismo hombre, ya no era un niño
cuando en esa boda le pedí más vino;
que dio de comer a un millar de gentes,
y a pobres y enfermos los miró de frente.
Rió con aquellos a quienes más quiso
y lloró en silencio al morir su amigo.
Ya cae la tarde, se nublan los cielos.
Pronto volverás a tu Padre eterno.
Duérmete pequeño, duérmete mi niño,
que yo te he entregado todo mi cariño.
Como en Nazaret aquella mañana:
He aquí tu sierva, he aquí tu esclava.

Gritos y silencios


Al escuchar la pasión llama la atención la cantidad de personajes que aparecen. Todos nos invitan a identificarnos y ocupar su lugar (traidores, negadores, cómplices, dolientes, cirineos, verónicas, etc). Y sorprende el murmullo de fondo. Se percibe un contraste: unos gritan. Otros (los menos) permanecen en silencio. En las pasiones actuales en las que tantas veces estamos sumergidos, sucede igual. Unos gritan. Otros callan. Gritan furibundos los cómplices de Judas. Grita rabioso y vengativo Pedro en el Huerto; grita herido y entre lágrimas junto al fuego y el gallo. Vocean los soldados. Se exalta el pueblo: ¡Crucifícale, crucifícale, nosotros ya tenemos rey! Gritan los sacerdotes, que ven mermada su autoridad y poderío. Grita la cobardía de Pilato mientras se calla burguesmente. Gritan los espectadores del camino. Gritan iracundos los ladrones compañeros de patíbulo.

Asustan los gritos. Y uno se siente impotente ante ellos. Cuántos siguen extendiéndose en el mundo. Los de los poderosos, cobardes, traidores. Los vengativos, los que disparan armas, los que condenan, los que exaltan al pueblo. Los que con fuerza quieren vender sus planes. Los que imponen sus ideas. Cuántos gritos en los hospitales, en los países pobres. Cuántos en guerras fratricidas. Cuántos en parlamentos y en países desarrollados. Cuántos gritos en cuántos corazones. Tal vez, si nos escuchamos, hasta nuestro interior grita consternado…
Gritos. Y silencio. Calla el justo. “No abría la boca”. “No gritará, no voceará, no alzará su voz en las plazas”... Calla en el huerto de la traición. Calla y no se defiende ante Pilato. Calla ante el pueblo. Calla en el camino. Y pronuncia levemente el nombre de su padre en la Cruz. Jesús calla y salva. Nos salva el amor y el silencio…

Calla María. Y calla el discípulo. Se limitan a acoger, a estrenar comunidad y familia. Y calla Dios. El que está presente en toda la escena. El que abarca todas las escenas y episodios de lo humano. Y sigue callando Dios. Tanto que a veces nos torturan sus silencios. Porque Dios calla y en su silencio salva. Calla y salva.

Hagamos silencio adentro, y dejemos obrar a Dios. Sabemos que a Él corresponde la última palabra. La definitiva. Y dejemos que en su silencio acalle nuestros gritos. Y nos salve.


“Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor”
(Lam 3, 26)

Triunfar

(Los fantasmas escondidos de la Red han hecho imposible que aparezcan varios post escritos en estos últimos días. Medio los rescato ahora -aunque no sean iguales- y los coloco aquí. Hacen referencia a los días del Triduo Pascual).


Una noche de triunfo Jesús se reunió con los suyos. Los había querido mucho hasta aquel momento. A ellos, una panda de pescadores y pecadores. A ellos, sí, pero también a otros. En aquella cena pesaba el recuerdo de cojos y ciegos, de viudas y publicanos queridos, de pecadores visitados por la misericordia, de leprosos curados, de hombres y mujeres amados de una manera especial; de leyes abrogadas a favor de la misericordia y la ternura. Era una cena especial; era la cena del triunfo.

Reconozco que me gusta esa palabra: triunfar. Reconozco que odio terriblemente la otra, fracaso. En esta vida, o triunfas o fracasas. Y por nada quiero fracasar. Aspiro a triunfar en el trabajo, en mis relaciones. Es hermoso mirarse al espejo y decírselo: enhorabuena, triunfador. Quien no triunfa no existe. Queda eliminado del juego. O el triunfo o la sangre.

En esta tarde Jesús nos enseña una manera diferente de triunfar en la vida. Aquel que había llegado tan lejos, que estaba a punto de librar su última y apoteósica batalla en la tierra… “Se quitó el manto, se ciño la toalla y se dispuso a lavarles los pies”. Todo previsto como un buen guerrero excepto el final. Y aquí nos quedamos sin palabras. He aquí un triunfador. Para los suyos perdió la guerra. No están los tiempos para amar. Es lo mismo que dicen en tantos ambientes sociales de nuestra época. Lo que nos dice el corazón cuando corremos su suerte.

Jesús triunfó aunque aparentemente fracasara. Y la lección no puede ser más clara. Los que aman triunfan. Los que no aman, fracasan. Ese es el dogma que desde aquella noche de Nisán circula por la tierra, el dogma que nos salva. Sí, nos salva el amor, el servicio y la entrega. No hay más triunfo que ese. Lo demás es mentira. Lo demás (el poder, la violencia o la agresividad, el odio, la competencia o el falso amor propio) ahoga y esclaviza. Solo nos salva amar, inclinarnos, arrodillarnos ante los pequeños y amarles sin medida. Y así sabemos y confesamos que quien ama triunfa siempre.

viernes, 21 de marzo de 2008

... Que no sirve para nada


Este verano, mientras hacía los días de oración, me fijé en un árbol, un pino. Aparecía espléndido en el horizonte. Salía de detrás de una casa. Era grandioso. Confieso que pasé horas y horas contemplándolo. Impresionante. ¿Cómo la naturaleza puede producir ejemplares tan maravillosos? Sólo tenía un defecto, y no pequeño: estaba seco. Y sin posibilidades de revivir. Seguro que vendrían pronto quienes lo talaran. Y seguro que ni madera buena podría dar. Era el icono de la impotencia, del fracaso más absoluto y estrepitoso.

En aquellos días se convirtió en un espejo que en el horizonte me delataba un poco. ¿Para qué sirve la vida? ¿Para qué la grandeza o la apariencia? ¿Para quién y cómo crezco? Fracaso. esa es una palabra a la que le tengo cariño. Me resulta muy familiar con frecuencia. Y hoy, Viernes Santo, proclamo que no existe, que es mentira. Que nadie fracasa. Que nos lo hemos inventado los humanos para herirnos y engañarnos. Nada en lo humano está llamado ni condenado al fracaso, a la frustración.



Era un árbol quemado
y partido por un rayo
que no sirve para nada,
ni de madera, ni de llama.
Era un bosque incendiado
y dormido para siempre
en la arena y la ceniza,
así era mi Señor.
Sin voz, ni belleza;
clavado y despreciado;
derrotado e impotente;
crucificado.
Como agua derramada
o flores pisoteadas
que no sirven para nada,
así era mi Señor.
Quién creerá la noticia,
Él era nuestro regalo
se nos marchitó en las manos,
despreciado y olvidado.
Azotado, indefenso;
sin brillo, desfigurado;
humillado, escupido;
crucificado.

(
Aquí la canción)

Lo que la primavera sobre el almendro


Otro acontecimiento marca siempre el final del invierno. Es un signo más de que el tiempo gira, de que la primavera está a punto de llegar, de que “algo nuevo está naciendo”. Empieza febrero con los almendros en flor. Son apenas quince días los que dura el espectáculo. Ni siquiera la sequía es capaz de desanimar la vida. Es más: ¡hay tanta vida escondida aun en la sequía más profunda! Aunque arrecie el frío o vengan heladas; aunque la tierra sea mala, o el árbol viejo y moribundo… cada invierno se vuelve a obrar semejante prodigio.

Tú haces en mí lo que la primavera sobre el almendro”. Escuché esa frase hace ya algunos años. Una simple y casi ridícula frase. Pero me cautivó. Quizás porque soy de campo y me crié entre almendros. Me llamaba la atención como crecían en soledad, sin grandes cuidados. Allí, en el sitio más inesperado, en una quebrada, tal vez cayendo hacia el vacío… allí había nacido un almendro. Y se desarrollaba, y daba su fruto. Y en el verano había que hacer equilibrios para recoger sus almendras. Es un árbol libre, sin dueño. Espanta su apariencia rígida y vieja. Pero, ¿qué tendrá por dentro que, cuando todos se echan para atrás, él regala una flor blanca y tierna? ¿Qué tendrá para permanecer fuerte, en medio de tormentas y calamidades, sin que nadie le mire ni le cuide?

En hebreo, la palabra que da nombre a este árbol también significa “centinela”, “guardián”, “vigilante”. A mí me gusta compararlo con todos aquellos hombres y mujeres que, en soledad, pobreza y libertad, han decidido permanecer en el mundo floreciendo y perfumando en los inviernos y en las noches; aquellos, aquellas que tienen por vocación adelantar la primavera. ¡Menos mal que existen! Menos mal que nos recuerdan que hay una Savia capaz de hacer florecer lo que parece imposible. Menos mal que nos insisten en esperar y confiar. En cualquier momento, a todos, nos puede nacer algo nuevo.

domingo, 2 de marzo de 2008

Reconciliación


Estamos terminando un invierno peculiar. Apenas si ha hecho frío, y por supuesto, tampoco ha llovido. Tan peculiar ha sido que ni siquiera se ha notado. Ha sido un “tiempo climático indefinido”. Me identifico mucho con el clima, y parece que lo que vive la naturaleza es reflejo de lo que yo vivo en mi adentro. Y es verdad que hay parecido con este invierno tan original… También yo he pasado “sin pena ni gloria”. Y para nada estoy satisfecho con esa manera de vivir tan poco genuina…

Hace un par de días tuvimos una curiosa tormenta, de esas que se llaman “de verano” en otra época del año. En apenas unos minutos empezó y acabó. Y volvió el sol a lucir entre algunas nubes poco amenazadoras. Pero –¡oh, sorpresa!- aquellas lluvias trajeron un arco iris inconfundible y precioso. ¡Hacía muchos años que no contemplaba ese espectáculo de la naturaleza tan maravilloso! Por un instante me transporté a tiempos de la infancia en que cortábamos las clases para observar el espectáculo.

Para algo le sirve a uno haber estudiado en estos años. El arco iris es uno de los primeros signos que aparecen en la Biblia. Una señal que Dios pone en el firmamento para comunicar algo: que ha hecho alianza de amor con su pueblo para siempre y nada ni nadie la podrá romper nunca. Ni siquiera los constantes fallos y fragilidades de lo humano. El arco sobre el firmamento es el sello de la reconciliación de la humanidad. La imagen perfecta de la reconciliación interior, de la unificación personal.

Me gustó volver a ver este signo. Y disfruté al entender su mensaje: no estoy para dividir en los ambientes en que vivo. Ni siquiera es la “división interior” mi callejón sin salida en el que habitar. Puedo (y debo) reconciliar porque Alguien reconcilia y unifica mi adentro. Quiero y estoy dispuesto (y me comprometí un día) a ser signo, a ser puente de color entre universos contrarios. En medio de las tormentas y diluvios que amenazan esta tierra en este invierno peculiar quiero poner mi nota de color y reconciliación. ¡Y ojalá los navegantes de este mar tengan en mí un motivo para alabar y agradecer!

sábado, 1 de marzo de 2008

Estar

¿Qué hacer cuando lo único que puedo hacer es ver cómo arde el bosque?
Cuando un alumno va entrando en el laberinto de los placeres de plástico,
cuando un amigo vive acompañado de mentiras que le anulan,
si no puedo romper la máscara feliz que encierra el corazón amargo.
Cuando ves la flor morir sin poder tocarla por no destrozarla,
cuando me veo diminuto ante el gigante de la injusticia,
cuando la salud de quien quieres no tiene más fuerzas,
y me siento extranjero donde nací.

¿No puedo hacer nada?

Sólo estar.
Permanecer.
Aunque no me quede tranquilo.
Acompañar en la distancia.
Estar.

Apareces Tú

Me he prometido pedirme perdón,
me he confesado con mi corazón.
Me he enamorado de todo mi amor,
me he permitido decirle al miedo adiós...

Y de repente apareces tú,
mientras me hablas hago que estoy dormida.
Te mentiría si negara hoy
que desde entonces solo sueño contigo...

Tú..
entiendes mis silencios.
Solo tú conoces mis secretos.
Solo tú comprendes cada gesto.
Solo tú...
Me ha sonreído el espejo hoy,
me he decidido a levantar la voz,
he despedido a mis fantasmas hoy,
y me he gustado tal y como soy.

Y de repente apareces tú,
mientras me hablas hago que estoy dormida.
Te mentiría si negara hoy
que desde entonces sólo sueño contigo...

Tú,
entiendes mis silencios.
Solo tú conoces mis secretos.
Solo tú comprendes cada gesto.
Solo tú...
Y yo solo quiero entregarme,
comprenderte y cuidarte,
darte mi corazón.
Quiero que llegues a ser
mi alma y mi obsesión,
mi vida y mi pasión,
historia de amor.

Tú,
entiendes mis silencios.
Solo tú me subes hasta el cielo.
Solo tú eres mi alma y mi inspiración.