domingo, 18 de noviembre de 2007

Sin poder

Cuando hace algunos años celebraba mi primera Eucaristía quise dejar muy claro cuáles serían mis intenciones, cómo quería vivir este camino que comenzaba. “Sin poder”, era el título de la canción que quise se cantara. Y era el lema de la vida que estaba dispuesto a empezar.

Se puede ir por la vida de cantidad de maneras. La mayoría de ellas terminan en el mismo lugar: la prepotencia, el orgullo, el “aquí estoy yo”… Siempre aborrecí esos caminos. Aunque confieso que más de una vez me he sorprendido transitando por ellos. Que he llegado hasta allí porque es lo que se lleva, o porque mi ser natural me empujaba a hacerme notar… Que he visto a muchos que decían servir a Dios y a los demás circulando por ahí…

Hoy recupero aquí aquella canción que tanto me emociona. Y reafirmo mi deseo de caminar sin poder, de ser pequeño y pobre. Y me agrada reconocer que no soy ni seré el primero. Ya hubo Otro antes que yo. Y me encanta seguir sus huellas.

Aquellos a quien llamas lo haces sin poder,
les invitas a ser pobres sin ningún poder,
les dices que tan sólo siendo niños servirán,
pobres de poder, niños sin poder…
Mi Dios, necesito saber por qué tú pobreza salva al hombre
y el misterio de la Cruz nos abre un nuevo horizonte…
Hazme entender, mi Señor, por qué tú, “ser-sobre-todo-nombre”,
has renunciado al poder y optas ser pequeño y pobre.

"Yo también te amo"


Cuando yo impartía cursos sobre la vida espiritual, en un determinado momento trazaba una larga línea recta desde el borde izquierdo hasta el borde derecho de la pizarra y explicaba: “Esto es nuestra vida eterna en Dios. Pertenecemos a Dios de la eternidad a la eternidad. Eres amado por Dios antes de nacer; y serás amado por Dios mucho después de morir”. Después marcaba un pequeño segmento de la línea y decía “Esto es tu tiempo de vida humana. No es más que una parte de tu vida total en Dios. Estás aquí tan sólo por un breve periodo de tiempo –veinte, cuarenta, sesenta u ochenta años- para descubrir y creer que eres un hijo amado de Dios. La duración de ese tiempo carece de importancia. La vida no es más que una breve oportunidad, durante unos cuantos años, de decir a Dios: “Yo también te amo”.

(Henri J. Nowuen, “Dirección espiritual”. Sal Terrae, 2007, p. 64)

Esparcir tu fragancia

Jesús:
ayúdame a esparcir tu fragancia
donde quiera que vaya;
inunda mi alma con tu espíritu y tu vida;
penetra todo mi ser y toma de él posesión
de tal manera que mi vida no sea en adelante
sino una irradiación de la tuya.
Quédate en mi corazón en una unión tan íntima
que quienes tengan contacto conmigo
puedan sentir en mí tu presencia;
y que al mirarme olviden que yo existo
y no piensen sino en Ti.
Quédate conmigo.
Así podré convertirme en luz para los otros.
Esa luz, oh Jesús, vendrá toda de Ti;
ni uno solo de sus rayos será mío.
Te serviré apenas de instrumento
para que Tú ilumines a los demás a través de mí.
Déjame alabarte en la forma que te es más agradable:
llevando mi lámpara encendida
para disipar las sombras en el camino de los otros.
déjame predicar tu nombre sin palabras…
Con mi ejemplo, con mi fuerza de atracción,
con la sobrenatural influencia de mis obras,
con la fuerza evidente del amor
que mi corazón siente por Ti.

Card. John Henry Newman

La poda


Mientras camino estos días hacia el trabajo me sorprenden los empleados municipales podando los árboles que adornan las calles. Uno vuelve al día siguiente por la ruta de siempre y se admira al ver lo despejado que lo han dejado todo. A primera vista han destrozado todos los árboles del camino. Si uno no conociera las leyes de la naturaleza diría que se los han cargado para siempre. Pero ya se sabe: el otoño trae consigo esos trabajos tan desagradables para las plantas...
¿Qué harán los árboles de las calles en otoño y en invierno? ¿Qué es de ellos cuando ya no pueden dar sombra, ni embellecen con sus ramas? ¿A qué se dedican cuando han sido despojados de sí mismos?

Me ha causado una gran tristeza verlos tan empobrecidos en estos días. Pero me han enseñado algo. Mucho. Simplemente porque me he visto reflejado en ellos. Sí, yo también quiero presumir de ramas, de sombra, de frutos; yo también quiero ser admirado cuando otros pasan por el camino o aprovechan mi sombra. Pero vivir así es vivir en una gran mentira.

A mí también me ha visitado el otoño. Y con sufrimiento he tenido que desprenderme de ramajes en los que ponía tanta seguridad... Y con todo el dolor del mundo siento que es necesario, que es hasta bueno y sano, que me venía bien la poda para no creerme quien no era... Aunque me duela tanto.

Pero hay algo más. ¿Qué hacen los árboles en otoño? Ir a las raíces. Buscar en ellas la savia, el alimento, la fuerza para subsistir. Aumentarlas y fortalecerlas. Y esto a escondidas de todos. En el silencio y la noche, en medio del frío del invierno se agarran con más pasión a la tierra y la profundizan mejor. Y cuando tengan fuerzas bastantes volverán a despertar con más ganas, con nueva vida...
En estos tiempos en que se lleva ser rama me cuesta ir a la Raíz, pero vuelvo a intentarlo. No separarme de ella, familiarizarme aún más, darme cuenta que ahí está mi sentido y mi razón, mi fuerza... ¡esa vuelve a ser mi opción! Volverá la vida, pero antes hay que soñarla y crearla en el silencio.