sábado, 28 de julio de 2007

Mis cerros

A los pies de esos cerros me crié. Ahí pasé mis primeros seis años de vida. Dicen que ese tiempo luego definirá tu existencia por completo. Es verdad. Esa imagen habla de mí.
Tienes sus ventajas criarse entre montes. Uno lo ve todo cerca. Y además, es una aventura subir cuestas, bajar barrancos, moverse entre hazas, criarse contemplando morir el sol en otro pueblo que no es tuyo. La primera vez que -ya mayor- salí a vivir en la llanura, me costaba asimilar esa pobreza de paisaje...
Mis cerros son secos. ¡Muy secos! Tienen poca tierra, y son las piedras y las launas las que aguantan la pobre vegetación. Y el cansancio de los hombres que de ahí sacan alimento y esperanzas de futuro. Hay que trabajar duro para extraer vida. Hay que conquistar constantemente la tierra y sus frutos.
Quizás quienes en ellos nos criamos hemos sacado su mismo carácter. La rudeza, la fuerza misteriosa, la capacidad de exponernos al sol, a la brisa, al agua que se nos da como regalo. Tal vez escondemos mucha vida en lo hondo, que de vez en cuando nos hace dar frutos. Nos sabemos pobres, que simplemente acogen y guardan lo indispensable, lo pequeño, ¡que no piden mucho y sólo se dejan hacer! Que dan, sin pedir mucho más a cambio. Que permanecen. Y esperan.
Esos son mis cerros. Y cuando los miro me veo, me siento en comunión con ellos. En este paisaje interior de mi pobre vida, contemplo esa imagen. Que también soy yo. Que se mantiene firme en el horizonte.

Agua


La primera vez que probé el agua lo hice en esa fuente. Mejor dicho: me la dieron a beber los míos. Supongo que ya antes la había probado mi cabeza en la palangana de la Iglesia, y mi cuerpo en el barreño de casa. De niño me enseñaron que era la mejor que se podía beber en toda la comarca. Aprendí a venerarla. Aún recuerdo juegos, baños, momentos en que contemplaba la difícil tarea de exprimir la ropa entre sus piedras. La primera vez que vi amamantar a un niño fue junto a ella. Como el misterio de la sangre, me encantaba mirar correr ese agua a través de las acequias hasta perderse en el campo, en la tierra pobre.
Para coger esas aguas hay que agacharse. Sí, arrodillarse como quien está ante el misterio. Aún se recoge con botellas y alimenta a todo un pueblo.
El agua viene a través de un canal. Un canal largo. Me veo recorriéndolo de niño. ¡Uno siempre queriendo atrapar el misterio! La mina se iba estrechando poco a poco. Por más veces que lo intenté, siempre caí rendido por el miedo a meterme en lo escondido, que -aunque estrecho- me desbordaba. El agua viene de la tierra. De lo más oculto de los cerros. De esas piedras secas y aparentemente muertas. ¡No hay más que investigar!
Yo la sigo bebiendo como cuando era niño. Y la sigo venerando. Para muchos será siempre la mejor de los contornos. Para mí es el agua primordial, la que se esconde casi en mis genes. La que, porque me llenó de niño, me llenará por siempre.
Agradezco a los míos que me acercaran a ella. Que me enseñaran a arrodillarme para cogerla. Que me empujaran a contemplarla y embelesarme.
En esta noche de verano, cuando el calor aprieta y miro esa imagen, guardada en mi retina y mi memoria, agradezco a los míos haberme puesto en la pista del Agua mejor.

domingo, 22 de julio de 2007

Todo por un puzle


Pero sobre todo, lo que más me ha tenido entretenido en estos días ha sido un puzle que ¡¡¡por fin!!! he terminado. Hace tiempo que me gusta hacerlos, y me distrae el oficio de reconstruir imágenes y devolverles la belleza primera. Confieso que en más de una ocasión me he desesperado y desanimado, y me he prometido no volver a embarcarme en esta tarea que se me hacía a veces tan inútil. Pero han sido más los momentos en que me he enganchado y no podía dejar de continuar...
Cuando uno hace puzles (y no es ningún experto, -o sea, como yo-) escucha música, oye los comentarios de quienes pasan, está en silencio... pero sobre todo piensa mucho. ¡Hasta he rezado haciendo esta tarea!
Ahora lo miro. Hace unos días eran piezas sueltas y ya es un cuadro con cierto encanto, construido con bastante paciencia. Haciéndolo, pensaba en mí: un conjunto de ideas, sentimientos, vivencias... a veces tan confusas y contradictorias. Y agradecía a quienes en estos treinta años me han ayudado a ponerme en orden, y no han perdido de vista la imagen que quiero reflejar...
Y me evocaba también a esta familia de los cristianos: tan diversos y a veces tan enfrentados, con la riqueza y complejidad que tiene el hecho de ser diferentes. Pues sí, el otro también es parte de mí, encaja conmigo; ¡aunque de entrada parezca imposible! Y pensaba finalmente (y sobre todo) en la situación de nuestro país, en que predominan los gritos, los excesos, los miedos y las precauciones... Tal vez perdamos la paciencia, pero podemos complementarnos, y hacer juntos, en la diversidad, la imagen magnífica que estamos llamados a representar. Y que en el fondo forma parte de nuestra esencia...
Igualdad en la diversidad. ¡Cuánto da de sí un juego, y cuántos lenguajes llegan con él! Es un campo de girasoles, que miran al sol y se dejan mecer por la pasión que hacia él sienten. ¡Qué casualidad! ¡Eso me pasa a mi!

Oración de las rosas

He leído más cosas en estos días. Algunos artículos sobre temas que me interesan. De rebote llegó a mis manos un texto sobre la primera bienaventuranza ("Felices los que tienen espíritu de pobres, porque el reino de los cielos es suyo"). Siempre me gustó esa desgarradora profecía de Jesús. La estudié en su tiempo. Y he conocido varias interpretaciones. Ninguna le quita fuerza a su exigencia y radicalidad.


Pero este estudio tenía de original que, siendo científico, se presentaba como un cuento, una narración. Un disminuido físico con una rosa blanca en las manos, que despide a su padre y cuidador, quedándose solo para siempre: Dios es su rey. Lo que más me llamó la atención fue un poema que se iba desvelando en la exposición. Tanta curiosidad tuve que luego lo busqué. Es de García Lorca, la "Oración de las rosas". Lo he recortado a mi gusto, y lo dejo aquí. Como esa flor de la que habla, no sirve para mucho, pero deja su perfume. Y en esta tarde de verano me vuelve a dejar buen olor. ¡Como quienes tienen espíritu de pobres!
¡Ave rosas, estrellas solemnes!
Rosas, rosas, joyas vivas de infinito;
bocas, senos y almas vagas perfumadas;
llantos, ¡besos!, granos, polen de la luna;
dulces lotos de las almas estancadas;
¡ave rosas, estrellas solemnes! […]

¡Qué sería la vida sin rosas!
Una senda sin ritmo ni sangre,
un abismo sin noche ni día.
Ellas prestan al alma sus alas,
que sin ellas el alma moría,
sin estrellas, sin fe, sin las claras
ilusiones que el alma quería. […]

Ellas son refugio de muchos corazones
ellas son estrellas que sienten el amor,
ellas son silencios que lentos escaparon
del eterno poeta nocturno y soñador,
y con aire y con cielo y con luz se formaron,
por eso todas ellas al nacer imitaron
el color y la forma de nuestro corazón. […]

Solitarias, divinas y graves,
sollozad, pues sois flores de amor,
sollozad por los niños que os cortan,
sollozad por ser alma y ser flor,
sollozad por los malos poetas
que no os pueden cantar con dolor,
sollozad por la luna que os ama
sollozad por tanto corazón
como en sombra os escucha callado,
y también sollozad por mi amor. […]

Rosas, rosas divinas y bellas,
sollozad, pues sois flores de amor.

Amar los caminos


Llevaba casi un mes sin dejar ninguna estela por este mar. ¡Con todo lo que he vivido, sentido y ahondado en este tiempo! Se pasó junio, y ha vuelto a dejar huella. ¡Qué buenos regalos he recibido en él! De esos que se abrían solos, y aún se siguen desvelando y disfrutando...
Y después, en estas supuestas y veloces "vacaciones", la tranquilidad, el silencio y la amiga soledad, van mezclándose con la lectura y el repaso a lo vivido. Pongo orden a los libros mientras quiero ponerlo a mi vida. Todo va encontrando su sitio.
Ya he leído algo. No tanto como hubiese querido. Lo he hecho en los viajes de autobús, esos interminables. Había oído hablar de Bernanos y tuve la oportunidad de leer el "Diario de un cura rural". En algunos momentos me he visto reflejado en el joven curilla francés de otros tiempos. Lo leía al recordar mis cuatro añitos de sacerdocio. ¡Ya voy haciendo camino!
No desvelo nada si digo que el protagonista de la novela, después de haber sufrido más de la cuenta en su aldea francesa, después de haberse entregado con prudencia y una dedicación absoluta a sus gentes, es diagnosticado de una enfermedad mortal. Es en la consulta del extravagante médico, cuando pronuncia estas palabras que hago mías:

El mundo visible parecía alejarse de mí, a una velocidad espantosa y con una confusión de imágenes, no fúnebres, sino todo lo contrario, luminosas y resplandecientes. ¿Será posible que haya querido tanto a esta triste vida? me pregunté. ¿Que haya amado con tanta intensidad a las mañanas, a las noches, a los caminos?... Aquellos caminos cambiantes y misteriosos, hollados por el paso de tantos hombres. ¿Habré querido tanto a esos caminos, a nuestros caminos, a los caminos del mundo? ¿Qué niño pobre crecido entre el polvo de los caminos, no les ha confiado sus sueños? Parecen conducirles lentamente, majestuosamente hacia no sé que mares desconocidos. ¡Oh, grandes ríos llenos de luz y de sombras que lleváis el sueño de los pobres!

Amar los caminos. Amar las pisadas que uno hace suyas. Amar cada nombre, cada rostro. Sentir pasión por cada horizonte, cada silencio, cada susurro, cada vida... Venerar cada misterio, adorar a cada hermano que se te presenta como compañero... Y tampoco desvelo nada si cito las últimas palabras del joven sacerdote, que también quiero hacer propias:

"¡Qué más da! Todo es ya gracia."