domingo, 24 de junio de 2007

¿Quién dijo que todo está perdido?

Y ahí va la canción. La canta Mercedes Sosa, aunque se la he oído también a Ana Belén... En este horizonte se vuelve a perder. Seguro que no soy el único que la canta y la vuelve a hacer suya... ¡Cuánta vida, cuánto futuro, cuántos corazones que se ofrecen!

Ofrecer el corazón

Hay otra canción que saco del baúl de los recuerdos. Siempre le he tenido mucho cariño. La hice mía desde que la conocí. Quería ser reflejo de lo que se movía en mi interior, y ella expresaba de una manera tan bonita.
Es verdad. Yo quiero seguir ofreciendo mi corazón. Quizás sea lo más valioso que tenga para aportar a este mundo, donde todo no está tan perdido...

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan fácil, ya sé que pasa.
No será tan simple como pensaba.
¿Cómo abrir el pecho y sacar el alma?,
una cuchillada de amor.

Luna de los pobres, siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Como un documento inalterable,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.
Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Hablo de países y de esperanza,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo por cambiar esta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar nomás.
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Tengo suerte

Es verdad: soy un tipo con suerte. Lo he pensado varias veces en este fin de semana. Y muchas más en los últimos años. Seguro que no soy envidiado por nadie, y mucho menos modelo de nada. Pero yo me siento bastante afortunado. Por eso lo tengo que decir...
Ayer tuve la suerte de compartir el amor de Alberto y Mercedes. Era uno de los días más felices de su vida, el de su matrimonio. Prepararon todo con muchísimo cariño. Y allí estaba yo, siendo testigo de tanto amor, y sintiéndome verdaderamente dichoso de percibir la vida que derrochaban y necesitaban celebrar.
Esta mañana he tenido la suerte de acompañar a otra pareja para dar la bienvenida a la comunidad cristiana a su hija Alicia, una preciosidad de niña, que miraba con unos expresivos ojos verdes todo lo que alrededor de ella se hacía. Unos padres felices y sonrientes volvían a compartir esos sentimientos más profundos y sagrados, hechos vida en el fruto de sus entrañas.
Dentro de un rato me vuelvo a reunir con la comunidad y seguiremos celebrando juntos el Amor que se entrega, se reparte y se hace Alimento, para que todos tengan vida. Ese Amor que todo lo invade, por quien merece la pena vivir. A quien merece la pena servir.
Tengo suerte. Pocos pueden sentirse tan dichosos como yo. Estos días de aniversarios releo textos antiguos, como si quisiera sacar brillo a tantas experiencias que guardo como tesoros. Para que no pierdan la esencia primera, para que sean cada vez más vitales. Y encuentro las palabras con las que solicitaba ser ordenado sacerdote.
En este mar de junio, cuando el día declina y se percibe el horizonte, ese mismo que todo lo hace eterno, me las vuelve a traer el eco. Y las disfruto, sintiendo cómo se hicieron vida.

Las cosas de Dios dan siempre mucho respeto, mucha admiración.
Uno nunca es digno.
Digno de pronunciar su Palabra confrontando mi pobre vida con ella
y descubriendo lo lejos que estoy, lo hipócrita que puedo ser
cuando digo y no hago.
Digno de tomar en mis manos su Cuerpo, “tomado, bendecido, partido, entregado”,
cuando no respeto los cuerpos, las vidas de los pobres y sencillos,
de mis hermanos más cercanos, cuando mi propia vida no es entrega más pura,
más total, sino puro egoísmo que busca crecer.
Uno no es digno cuando tiene que perdonar en nombre de Dios,
el Dios que perdona siempre, cuando yo sólo sé perdonar a medias,
entre rabias y rencores, con corazón estrecho.
No, uno no es digno de escuchar prestando oídos a Dios,
las alegrías y las tristezas de los hermanos...
Uno no es digno de dar con estas manos las
bendiciones y los amores de parte del Padre,
cuando estas manos no están dispuestas
a ser clavadas con las del Hijo, junto al corazón....
Pero me consuela saber que Dios sabe a quien se elige.
Y me da tranquilidad escuchar como dichas para mí, las palabras de Pablo:
“te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad”.

viernes, 22 de junio de 2007

¿Para quién caminas?

Una historia judía cuenta que un rabino sabio y buscador de Dios, una noche, después de haber pasado todo el día tratando de interpretar los libros de las viejas profecías sobre la venida del Mesías, quiso salir a dar una vuelta por la calle para distraerse un poco y descansar. Mientras caminaba despacio se encontró con un guardia vigilante que daba cortos paseos adelante y atrás, con pasos largos y decididos ante el portón de una mansión señorial.
- ¿Para quién paseas tú? le preguntó curioso el rabino.
El guardia dijo el nombre de su amo. Luego, enseguida, le preguntó al rabino:
- Y tú ¿para quién caminas?.
Esta pregunta se quedó grabada en el corazón del rabino.

Y tú, ¿para quién caminas?, ¿para quién son tus pasos?,¿para quién vives?. Sólo puedes vivir para alguien. A cada paso que des hoy, repite su nombre.

Adelante

Esta canción tiene historia. La conozco hace años, y la tengo asociada a momentos muy especiales. Tuve alguna temporada en que no podía escucharla sin emocionarme. Este curso la compartí con los chavales que estaban a punto de levantar el vuelo. Y ellos la han hecho suya. Hoy, y ya para siempre, me los recordará.

Adelante por los sueños que aún nos quedan
adelante por aquellos que están por venir.
Adelante porque no importa la meta
el destino es la promesa de seguir…

Gracias



Hoy termina el curso. He pasado la mañana viendo las despedidas de unos y de otros, todas tan agradecidas. Diciendo el típico "hasta septiembre" con bastante alivio y esperanza. Y no se me ha ido la sonrisa de la cara, la que me nacía de dentro. Como si ahora, en un breve flash viese uno todo lo sembrado en nueve meses.

Pero ha habido una despedida más especial. Y esa no me ha hecho perder la sonrisa, pero sí me ha producido un nudo en la garganta... Y algunas lágrimas que he controlado.

Cuando llegué el curso pasado me lo hicieron pasar mal. Los he visto crecer. Han ido haciendo camino. Hemos reído, nos lo hemos pasado bomba. Hemos estado serios, han ido aprendiendo algo de la vida y sus misterios... He disfrutado a su lado y los he ido haciendo míos. Más de una vez les he explicado (no sé si comprenderían...) que aunque jamás tenga hijos ellos me han hecho sentirme vivo, fecundo, capaz de querer con todo el corazón... Que sus vidas contienen algo de mi, y en mi interior se quedan grabados sus nombres...

Y ahora se van. He sido profundamente feliz a su lado. Han sido unos maestros excepcionales, sin duda mejor que yo. Gracias a cada uno de ellos, que hoy estrenan camino y han dejado ya huellas en el mío. La vida, el mundo, es fantástico sabiendo que hay gente como ellos.

Recordándolos, me vienen a la mente las palabras de Gibrán Jalil, en "El Profeta":

“Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del anhelo
de la Vida, ansiosa por perpetuarse. Por medio de vosotros se conciben, mas no
de vosotros. Y aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen....
Sois el arco desde el que vuestros hijos son disparados como flechas vivientes hacia lo lejos.El Arquero es quien ve el blanco en el camino del infinito, y quien os
doblega con Su Poder para que Su flecha vaya rauda y lejos. Dejad que vuestra
tensión en manos del Arquero se moldee alegremente. Porque así como Él ama
la flecha que vuela, así ama también el arco que se tensa”.

jueves, 21 de junio de 2007

Magnolias



Poco sabía de este árbol hasta que llegué aquí. Los había visto en muchos lugares. Me llamaron la atención porque son grandes, recios, fuertes. Ni el calor ni el frío, ni las tormentas ni las sequías los asustan.
Pero me impresionó su flor, la del magnolio. Me sobrecogió. Es de esas que por más que la miras, las hueles, la contemplas... no te cansas. ¿Cómo un árbol tan grande y fuerte puede tener como única meta, como único fin de su primavera, simplemente perfumar, adornar?
Para muchos es un árbol inútil, infecundo. Crece, se agarra a la tierra y no tiene más fin que embellecer y perfumar durante apenas un mes. ¡Y si al menos sus flores fueran abundantes! El de casa apenas ha dejado ver una docena este año. Cierto que la flor cautiva. Y lo hace por su blancura aterciopelada, magnífica, la expresión más pura del blanco. Y lo hace por su perfume. Uno se queda sin palabras ante él: ¡no hay esencia que se comercie de semejante belleza y finura!
Me contaron -y confío en que sea cierta esa historia- que las magnolias se pierden cuando alguien se les acerca, cuando dejan de ser sujeto de contemplación y pasan a ser objeto de posesión. Cuando, en definitiva, alguien quiere poseerlas. Por eso hay que admirarlas sin dominarlas. Y hay que percibirlas, pues a veces están demasiado altas y escondidas...
Me recuerda esta otra lección de la naturaleza, a tantas personas aparentemente inútiles de nuestra sociedad. Aquellos que no se mueven por el principio de producción, o de utilidad. Aquellos a quienes les puede el ser sobre el hacer. O incluso, aquellos que por inútiles no cuentan ni aparentan. Menos mal que existen. Y así como el magnolio nos regalan con su esencia, esa misma que nos hace despistarnos, sobrecogernos, ponernos en relación con un misterio mayor que nos habita en la raíz y nos visita en miles de primaveras.
Y me recuerda a esas mujeres (y a algunos hombres) que decidieron hacer de su vida, en el silencio y la soledad, en lo escondido, belleza y perfume. Para que el mundo sea y huela diferente. Aunque pocos se den cuanta. Pero menos mal que existen...

Volar más alto

No, lo mío no son los animales. Ya he dicho que sé muy poco de aves y no puedo hablar con propiedad sobre ellas. Pero es que disfruto observándolos. Y muchas veces me sorprendo aprendiendo lecciones de esos "bichos insignificantes"...
Esta vez son los gorriones. Con la primavera han debido de poner sus nidos en los árboles cercanos. En el naranjo de casa es normal que haya varios de ellos. Y da gusto escucharlos al amanecer o cuando se pone el sol y pelean por encontrar su sitio.
Creo que cuando los nuevos pájaros ya están crecidos empiezan a hacer sus prácticas de vuelo. ¡Como todos! Los que estén preparados abandonan el árbol que les vio nacer y se pierden por el campo. Pero algunos no remontan y caen al suelo. Estos días pasados uno ha corrido esa suerte (mala). Me asombro al ver el parecido con la sabia vida humana: unos vuelan, otros se estrellaron. Esos últimos están condenados a vivir sin expectativas de levantarse nunca. Y ahí, en el suelo puro y duro, en la tierra, pierden sus días mirando el cielo que nunca podrán alcanzar.
¿Y qué sucede con el gorrión caído? Sorpresa: la madre no lo olvida. Da vueltas y vueltas por el patio cuando nadie la observa y todo está en silencio. Se comunica provocadoramente con su cría en un misterioso lenguaje abrumador. Trae en su pico algún insecto o alimento similar. Se va cuando hay ruido, y vuelve, sin desanimarse hasta que consigue llevarse tras de sí, a aquel que tuvo en su nido; ese mismo al que ha hecho volar con su perseverancia porque le ha contagiado el ansia de libertad...
Me asombro contemplando la escena cada año por estas fechas, en varias ocasiones. ¡Qué sabios! Confieso que me fascina y admira, ¡me apasiona!Y pensando llego a darme cuenta de dos cosas.
¡Cuantos gorriones caídos en esta tierra no tienen quien vele por ellos! Cuantos olvidados en los patios sin que nadie les traiga un canto nuevo, un pequeño obsequio, las noticias del horizonte, un pedazo de pasión por la vida.... Y siento que educar (a lo que últimamente me dedico) es precisamente eso: esperar, perseverar junto a otro hasta que levante el vuelo... En nuestros mundos cercanos existen demasiados caídos y pocos picos esperanzadores...
Y pienso en Alguien, así, con mayúscula. Alguien que en este patio del mundo sigue visitándonos y entona para nosotros el canto más hermoso; Alguien que sostiene un alimento que es Él mismo y su intimidad... Alguien que contagia, apasiona, empuja a saltar y perderse por ese horizonte amplio de la vida y la libertad, y a colarse de cuando en cuando en otros patios para rescatar a otros.
Este gorrión, que ya voló, me ha traído una lección fantástica esta primavera. Me ha hecho recordar que tengo mucha suerte. Y mientras me muevo -a veces perezoso- en este horizonte, sigo a Aquel que me fascina y apasiona.

IGentes con derecho

Como ya he aprendido a subir vídeos a este blog empiezo con uno de los que más me gustan. "Gentes con derecho" se llama. Lo canta un grupo cristiano al que admiro, Ixcis. La canción no tiene desperdicio, ni comentarios. Por hacerla más real, me sigo embarcando de nuevo. Por devolver la ilusión a quienes miran al mundo sin ella.

Haznos fuertes en creer que es posible dar un cambio

a este mundo harto ya de esperanzas siempre en vano.

Haznos ser, Señor, la luz que demuestre a mis hermanos

el que Tú estás aquí y siempre estarás a mi lado de la mano.

Que mi vida sea, Señor, un reflejo de esperanza,

luz de muros, sal de mar, aguardando tu llamada,

fin de vida que al llegar todo el mal de mí no salga

y vivir feliz por Ti y por los demás,Tú, el sueño de mi alma.

miércoles, 20 de junio de 2007

Tiempo de aniversarios


Viene junio. En mi calendario particular se empiezan a juntar los días señalados, los de recuerdos y aniversarios. ¡Casi todo lo importante me ha pasado en este mes! No sé si será la primavera que empieza a dar sus frutos, o que hay que pensar en evaluaciones. Ha sido el mes de las grandes decisiones, de los compromisos importantes. El mes de los cambios de adentro y de preparar las maletas exteriores.

Muchos de esos momentos los he vivido con lágrimas. Pocos con dolor. En todos he encontrado una satisfacción inmensa, antes o después. La mayoría me han llevado a reconocer mi debilidad. ¡Lo grande que es el Horizonte que me llama y lo frágil que tengo siempre el corazón! Junio ha sido siempre el mes de las decisiones y los compromisos. De la seriedad de los proyectos y la pobreza para llevarlos a cabo. Pero siempre el mes de la confianza.

Fue hace cinco años. 27 de junio. Tenía mucho miedo, sólo superado por la ilusión. Entonces dije en voz alta, porque me salía del alma, que quería ser servidor. ¡Como si entendiera entonces -y aun ahora- el significado profundo de esa palabra tan sagrada, tan difícil de pronunciar por los humanos! Entonces decía con orgullo que quería ocupar mi lugar en el mundo como un pobre, entre ellos, consciente de que ellos, los pobres -imagen del Pobre Divino hecho hombre- habrían de ser mis maestros y señores.

Aquel día me hicieron diácono. Hoy miro atrás. Veo mis manos pobres, mi frágil corazón, mis pies tan acomodados... ¡Y me siento tan débil! Nunca estaré a la altura de lo que salió de mis labios, de lo que quemaba mi corazón. ¡Es tan grande el Horizonte que me llama y tan limitadas mis fuerzas! Nunca seré, del todo y a mi pesar, consciente de mis palabras...

Pero vuelvo a comprometerme. Quiero seguir en la tarea de mudar mi vida, mi tienda, de gastarme y desgastarme por otros. De encontrar mi vida perdiéndola en el camino... Quiero. Y hoy, con más humildad y realismo, vuelvo a subir el ancla de esta frágil barquilla, para perderme en esos mares que me llaman a gritos.
Procura que la Gracia y la Ternura
llenen de vino nuevo
... tu ánfora de barro.
Dios mide a su manera la eficacia.
Ama a todos los hijos de los hombres.
Di tus palabras como las semillas que mueren pero brotan.
Haz de tu corazón célibe solo un ambulante hogar desatrancado,
una lona de circo bullanguero.
Deja las digitales de tus pies peregrinos como besos en llama solidaria
sobre la carne de la Madre Tierra.
Posa tus ojos, tibios ya de ocaso, como lumbres de aceite,
acurrucadas en la vigilia universal del Tiempo.

(Pedro Casaldáliga, Obispo.
Fue el poema que presidía nuestra invitación)

domingo, 3 de junio de 2007

Un poco cursi

Cuando anoche llegué a casa me llamaron la atención unos papelitos que iba encontrando en el camino. Eran pequeños corazones recortados en papeles de colores que se iban dejando llevar por la brisa de la tarde. Como un niño pequeño, sin pensar demasiado, me agaché a coger unos cuantos. ¡Todos me parecían preciosos!
La brillante idea la habían tenido los novios de una boda que, recién terminada, habían preferido sustituir el tradicional arroz (y sucio para quienes lo limpiamos) por este invento tan sencillo y simbólico.
Esta mañana aún andaban los dichosos corazones perdiéndose por el campo. Muchos más habían entrado en la casa y se movían por patios y pasillos, a sus anchas. ¿Quién los habrá hecho? ¿Quién o quiénes se habrán tomado la tarea de recortarlos uno a uno? ¿Qué pensamientos, sentimientos o palabras esconderán en su silencio, en su belleza?
Ahí siguen ellos. Alegran y dicen. ¿Quién sabe a dónde llegarán, a dónde los llevará la brisa de este domingo? Los miro y me acuerdo de tantos trocitos de belleza, de tantos sentimientos de otros que me llegan - a miles- cada día. También se me cuelan dentro y como chispas de fuego alegran mi vida. Y, en el silencio, se posan y hacen fiesta.

Adorar



Cada vez me doy más cuenta de lo poco que sé, de lo corto que soy para algunas cosas, de todo lo que me queda por conocer, y nunca alcanzaré por más que me empeñe. ¿Será que me estoy haciendo mayor? Será.
Y sin embargo voy descubriendo algo que me hace tremendamente feliz, como si fuese una noticia, una experiencia sólo al alcance de unos pocos. Hay una manera especial de saber, de conocer, de experimentar. Hay un lenguaje especial de sabios y privilegiados.
Creo que es una experiencia que enriquece y cambia. Y ya sé que no la invento, que es demasiado antigua. Y que permite alcanzar lo hondo, lo profundo, lo pequeño, el detalle. Y que nunca deja igual.
Contemplar. Adorar. Ponerse delante de lo infinito y desconocido, y dejarse penetrar. Y notar como uno cambia, como cambia el otro. Convertirse a aquel a quien se adora. Dejarse hacer, escucharse por dentro, guardar en el silencio el misterio que tengo delante. Y hacerme su cómplice.
Será que me estoy haciendo mayor. Pero es como si descubriese un filón importante, un camino virgen por el que seguir andando. ¿Será por eso que en este mar infinito en el que vivo y me muevo, me encanta pasar las horas mirando al horizonte, dejándome cautivar por él?

Un niño, unos brazos...

Hay otro recuerdo de los que no se me van nunca de la mente ni el corazón. Confieso que con frecuencia vuelvo a él. Es más: que lo cuento y lo revivo con asiduidad. Cuando me quedo sin palabras “serias” y tengo que hablar de Dios recurro a él. Es de las sensaciones más profundas y antiguas que tengo en mi experiencia como humano.

No sé cuántos años tendría. ¿Dos? ¿Tres? Me veo cogido de la mano de mi madre. No: aún mejor. Me veo subido a las espaldas de mi madre, mientras vamos por el campo, y ella me habla, y me canta, y juguetea conmigo. Me siento seguro, feliz, querido. Soy de ella. Ella es todo lo que necesito y tengo. El tiempo se detiene ahí. Y ese instante se hace perdurable para toda la eternidad. Como si hubiese comenzado siglos antes y jamás se acabara.

Miro con frecuencia esa imagen de María. Y hago mías las palabras del salmista, ¡me salen tan espontáneamente, tan frescas! Y en esos brazos, prolongación de aquellos otros, primeros, deseo quedarme para siempre.


Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros.
Nunca perseguí grandezas ni cosas que me superan.
Al contrario: acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

(Salmo 130)