martes, 7 de julio de 2009

Ya me voy

Pues ya me voy, sí. Se ha terminado el curso hace unos días y yo casi no me he dado cuenta. Hoy salgo para el trabajo "tan estupendo" que me toca hacer representando a mi comunidad. Los dominicos celebramos cada cuatro años la asamblea tradicional que da sentido a nuestro espíritu democrático, famoso en la Iglesia. Vamos allá, con miedo y respeto por vivir lo más sagrado de nuestra Orden. Ni sé cuánto va a durar, ni tampoco qué cambios puede suponer para mí o los míos... pero vamos adelante.

Luego volveré por Córdoba y marcharé después con mi familia, a mi mar y mis horizontes, esos que tanto añoro durante el curso. Y cuando quiera darme cuenta se habrá terminado el verano y estaré de nuevo en "el tajo"...

Se acabó el curso, sí. En mi cabeza no dejan de dar vueltas los problemas que no quieren irse de vacaciones todavía. Quizás porque me siento observado por muchos que miran mi palabra y mi opción ante la realidad difícil. Tal vez por eso no me paro a hacer un balance objetivo. Necesito tiempo y distancia. Ha sido mucha vida la que viene ahora a mi era para hacer esta parva, y quedarme con lo bueno, lo mejor de todo lo bueno. ¿Seré capaz de tirar fuera lo que no merece la pena ser recordado? Cuando todo parecía muy difícil -recuerdo ahora-, Dios me regaló una palabra, y la compartí con algunos: PODREMOS. La dejo caer aquí ahora, como presencia y esperanza, como cimiento de la construcción que vamos levantando. Que cuando regresemos a la obra nos esté esperando para empezar sobre ella...
Y acabo con una canción. Me encanta Manolo García. Esta en concreto la he oído mil veces. Hasta que un día me paré a escuchar la letra. Y la dejé para ahora. Mientras me alejo, y construyo un camino más hondo, no dejo de mirar a esta rosa, que es mi norte, centro y guía... Buen verano.

Rosa de Alejandría , rosa amarilla...
Alejarme quiero, adentrarme en el silencio.
Alejarme quiero de esta vida que yo vivo sin convencimiento.
Y adentrarme en el tiempo de las luces,
barros vivos encendidos por la mano del misterioso Alfarero.
Alejarme quiero. Adentrarme en el silencio. Caminar sereno.
Abandonar esta senda. Alejarme quiero.
Anidar en los atrojes con las golondrinas de azuladas plumas.
Convertirme en caja de medir fanegas, arrobas, celemines;
ser trigo en las eras, nunca polvo en las aceras.
Rosa de Alejandría, rosa amarilla. Hoy has de ser mi guía, la luz que brilla.
Faro de mediodía, rosa sencilla. Rosa de Alejandría, rosa amarilla.
Con las flores de un campo encendido, como un San Francisco entre jarales vivos,
de lagartos, vivo. De quimeras me alimento, con simplezas me contento.
Mozas de risueño gesto en calma me encuentran como a un Góngora perfecto,
perviviendo lejos del bullicio, con mi rosa amarilla, con mi rosa de los precipicios.
Alejarme quiero. Adentrarme en el silencio, Alejarme quiero.
Abandonar esta senda. Alejarme quiero. Rosa de Alejandría, rosa amarilla.
Hoy has de ser mi guía, rumbo entre islas. Faro de mediodía, rosa sencilla.
Rosa de Alejandría, rosa amarilla...

Aprendí a rezar...


No recuerdo exactamente cuándo ni como. Pero sí recuerdo dónde. Rezar, comunicarme con Dios, ha sido en mi vida una de esas experiencias que han nacido y crecido conmigo, que pertenecen a mi identidad desde el principio. Quizás porque me eduqué en una familia normalita, y en un pueblo pequeño. Tal vez porque crecí en medio de la naturaleza, junto al agua, los olivos o el trigo, o porque me moldeó el sol y el viento de la sierra, con la parva y la fiesta, los cohetes y las canciones. Seguro que fue porque mi madre me tuvo mucho en sus brazos y en sus hombros. Porque para ella hablar de Dios y de la vida es lo mismo, y utiliza las mismas palabras, el mismo lenguaje, los mismos sentimientos...


En esa iglesia aprendí a rezar. ¿Cómo no va a estar mi fe marcada por ese lugar donde comencé a vivirla? Recuerdo cómo mi prima me tomó en brazos y me explicó -enseñándome- que Jesús tenía las manos y el costado heridos. No me olvido de los rosarios rezados al caer de la tarde en memoria de algún difunto (el Rosario fue la primera oración que aprendí, qué casualidad...), ni de las flores que inocentemente ponía al pie de la Virgen, o de las velas encendidas. Ni tampoco de la bronca del cura cuando debía de molestar demasiado en Misa... Del monumento del Jueves santo o de la adoración de la Cruz el viernes. De las procesiones sencillas y emocionantes, de las canciones populares...


Aprendí a rezar a la vez que aprendí a hablar, claro que sí. Dios se me hizo a la medida de mi gente y de mi ermita, pequeño, familiar. A la medida de los brazos de mi madre, tierno y acogedor, sencillo y claro. Profundo como mis vecinos, con ganas de fiesta, solidario y parlanchín... Cercano como los cerros y los paisajes de montaña. Pobre, muy pobre. Y feliz, tremendamente feliz.


Ahora que me he hecho mayor, y he dado tantas vueltas a las grandes teologías, me doy cuenta de que aquella experiencia primordial me marcó. Que Dios nos sale al encuentro así, pequeño, familiar, tan cercano a nosotros que se nos confunde con uno de los nuestros.

La puerta abierta...

Un año más (hace casi un mes que sucedió todo esto...) me ha tocado despedir a otra promoción de alumnos. Cada curso sucede lo mismo, ya lo he contado aquí en varias ocasiones. Y cada grupo tiene su peculiaridad, algo que los hace especiales. Como ya me voy haciendo un "profe" mayor me va dando casi más pena la despedida. Sin duda porque convivo más tiempo con ellos, y nos van uniendo cada vez más hilos. Ellos, tarde o temprano, olvidarán a quienes les educaron. Pero yo disfruto recordando momentos y nombres, experiencias y encuentros. Volver sobre ello me hace más grande.
Entramos juntos al colegio. Empezamos juntos. Recuerdo las confidencias de las niñas que me bombardeaban dándome la lata con los primeros amores. Las broncas con los niños que discurrían para inventar estrategias y liarla en clase... Luego fueron cosas más serias. Problemas familiares, el sufrimiento de ser adolescente y de no saber qué pasa ni qué hacer... Con algunos he llorado. Hubo con quienes peleé en serio. Hemos andado juntos una etapa de nuestras vidas.
El día que se iban, me volví a confesar. Nunca tendré hijos pero en ellos va algo de mi fecundidad, en mí se queda mucho de sus vidas y empeños, y me llego a sentir responsable de su futuro. Es maravilloso educar. Es más rico, si cabe, para un cura, que está en contacto con la vida, con lo que bulle, con el futuro... Como siempre me queda la duda de si lo he hecho bien, si fui buen evangelizador... De cualquier forma me llena la satisfacción de haber sido querido y evangelizado por ellos.
Un mes después, casi, en la puerta que queda abierta, doy gracias por su presente y su futuro. Y me siento afortunado de haber hecho un tramo de mi camino junto a ellos.

Más héroes


Conocí a Jose hace algunos años. Celebré, sustituyendo al párroco, una Primera Comunión familiar. Me hicieron disfrutar, sus niños y su familia. Ya entonces me dí cuenta de que eran gente de fe. Por circunstancias de trabajo no viven en Córdoba, aunque aquí tienen sus raíces y aquí pasan parte de sus vacaciones. Guardo un buen recuerdo de aquel primer encuentro...


El día de navidad del año pasado me puse en contacto con él. Viven en otro país bastante lejos del nuestro. Me enteré de que uno de sus hijos más pequeños, con apenas seis años, tenía esa enfermedad cuyo nombre pone los vellos de punta. Quise mandarle mis palabras de ánimo y de fuerza. Jose me contestó con una confianza que me asombró. Era un hombre angustiado, con miedo y temor. Pero me sorprendió su fe, una fe mucho más grande que la mía. Ojalá acabe pronto este proceso, ojalá nos sirva para crecer, para unirnos, para volcarnos más hacía Dios, ojalá sirva al niño para madurar y hacerse más hombre...


Confieso que cada vez que recibía correos de Jose me emocionaba. Los guardo como pruebas grandes de fe. En ocasiones los he leído a gente conocida como si estuviera ante palabra de Dios. Me he sentido muy pequeño a su lado. Un hombre fuerte con una fe gigante. Y yo sin palabras ni argumentos ante el misterio del dolor y del amor, frente a los límites más sagrados de lo humano, donde otros no ven más que el caos, el vacío o la desesperación...


A finales de junio ha acabado todo el proceso. Su niño, ahora con siete años, ha sido un hombre fuerte, ¡un héroe! y ha superado toda clase de pruebas. Su familia ha crecido y ha madurado. Jose ha experimentado lo maravilloso y serio que es ser padre. Y yo me he sentido realmente feliz de estar cerca de la gente buena que lucha y abre caminos de futuro en las adversidades. Ante tierra sagrada me he encontrado. Palpando descalzo el misterio de un Dios tan real como humano.


Gracias porque existen ellos. Porque existen personas como ellos que me hacen sentir afortunado por conocerlos y acompañarlos. Porque es una suerte ser cura y pequeño ante tanta gente grande... Y gracias al Buen Dios que siempre hace todo tan bien, tan bien... Al hacer balance del curso que termina reconozco agradecido cuánto me han ayudado a crecer...

domingo, 28 de junio de 2009

Recuerdo


Después de la ordenación (yo estaba muy nervioso, y no viví todo como me hubiese gustado) vino la primera Eucaristía en mi pueblo. Allí fuí más yo. Hubo hasta cohetes. Todos disfrutamos. Con la gente sencilla ponía el sello de lo que quería vivir. Y con este poema de Casaldáliga, en el recordatorio, el horizonte de mi vida.
Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.
Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida.
El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.

Un año más

Hoy, un año más, vuelve a ser mi aniversario. Durante la mañana revivía lo que iba haciendo exactamente hace seis años, en el mismo momento. ¡Cuántas emociones! Entonces yo no sabía lo que iba a significar en mi vida esto de ser sacerdote. Sabía lo que quería, pero Dios tenía que poner el cómo y el con quién… Hoy, seis años después, digo que soy feliz, aunque la palabra me resulte agotada y pequeña…

Un año más de cura, qué suerte la mía. Los primeros años quería recordarlo a lo grande. Ahora disfruto cuando me encuentro a solas con El que es protagonista de esta historia y hablamos juntos de nuestras cosas. Él es grande y siempre me da más de lo que puedo esperar. En la intimidad disfrutamos de este día, recordando lo vivido y proyectando lo que está por venir… Mi gente más cercana se ha hecho presente con unos mensajes que me emocionan. ¡Uff! Esto es el ciento por uno que prometiste…

¿Qué tiene de especial este aniversario? Hay una palabra que lo define. Debilidad. Me siento débil. Y esto no significa que esté mal, o tenga crisis… Es una suerte ser sacerdote débil, pienso yo. En otras ocasiones, en otras teologías, se me dijo que el “ministro de Cristo” era tan poderoso, su ministerio tan utilísimo, su persona tan sagrada… Y yo me siento débil, muy débil.

Miro mis manos y veo que no hacen todo el bien que pueden. Ni mis palabras llegan a todos, y a veces se pasan en crueldad. Tantas veces soy miedoso, o perezoso otras. ¡Mi vida es tan poco significativa entre los que convivo! Mis continuos fallos me asustan. Muchas noches acabo enfadado conmigo mismo: ¿Esto es lo que se espera de mí? ¿Este ha sido todo el bien que he podido hacer? Soy verdaderamente débil. Dios y yo lo sabemos… Me espanta mi miseria, pero me consuela su ternura.

Muchas veces llega gente que se siente agradecida hasta mí. Dicen que les hago bien, que si mis palabras, que si el hecho que esté cerca, que si que escucho, que si que aconsejo…. Ahí es cuando me doy cuenta de que es Él quien lleva esta historia, este sacerdocio. Y me asombro, porque no es ninguna tontería, sino su presencia real, tan sagrada y tan humana, manifestada en mi debilidad.

Hoy, Él y yo, brindamos por mi debilidad. Y lo hacemos con esas personas buenas –que sin yo merecerlo- Él ha puesto a mi lado. Qué afortunado soy. Jamás llegué a imaginar que ser cura me hiciese tan feliz…


Amigos y dolores


Le estoy dando vueltas en estas últimas semanas a ese gran regalo -a la vez que Misterio- que es la amistad, que son los amigos. He valorado (¡Dios sabe cuánto!) el hecho de tenerlos. No son muchos, es cierto. Pero me siento querido por personas a quien me honro al llamar con esa palabra tan maravillosa: amigo, amiga.

Cuando era adolescente confieso que tenía pocos, o tal vez ninguno. Compañeros sí, pero amigos no. Siempre fui un niño solitario. Mis primeros años en la vida religiosa me sentí muy solo. Tampoco encontré a nadie a mi medida. Un hermano mayor me profetizaba que Dios me los pondría en el camino en el momento oportuno. Hoy los tengo, por eso los valoro tanto. Pero tengo una espinita clavada…

Tal vez no sepa ser buen amigo. Las mayores frustraciones de mi vida (y esto es así de cierto) han venido de personas queridas; amigos, a los que por circunstancias dejé marchar. Eso me hizo sufrir más de lo que creía. No he leído libros sobre el tema, ni he tenido maestros que me expliquen cómo se lleva esta aventura tan hermosa. Doy palos de ciego en esto de la amistad. Y soy consciente de que quizás esté haciendo daño a quienes quiero, o quizás me esté haciendo daño a mí mismo por temor a aclarar, a expresar lo que siento (que ni yo lo sé siquiera…). Muchas veces me ronda el miedo a defraudarlos, que estén a mi lado y se hagan ilusiones de quien no soy y puedan sufrir conmigo…

Le doy vueltas a esto de la amistad con frecuencia, es cierto. En estos días particularmente. Leía en un blog magnífico, la frase que yo quería decir y no me salía: “Nunca he sabido cómo ser un buen amigo; estoy aprendiendo…” Es una suerte tener amigos como los míos, aun cuando no los entienda o sufra por ellos. Es una suerte estar vivo y sufrir por estas cosas…

Tiempo de sequía


Imagino que queda poco tiempo para que las noticias nos den la vara con que hay que ahorrar agua porque volveremos a tener un tiempo de sequía. Cada año suele ser parecido. Que llueve poco, que se consume demasiado, que el agua es un bien primordial al que todos tienen derecho… Mientras llega la habitual recomendación pienso yo en otras sequías más profundas…

Me crié en un clima seco. En él nací y –ya lo he dicho- con esa sequía exterior se ha curtido mi personalidad. Valoro el agua, aunque sea una gota, y me asombro al contemplarla. Realmente es un milagro de valor incalculable… pero hay una sequía que marca también mi vida.

Muchas veces me he sentido seco por dentro. Hubo ocasiones en que me notaba como un árbol que dio fruto pero al que el invierno le quitó la savia, la vida. Con frecuencia he pasado (y sé que pasaré) por esa experiencia. Hay momentos en que me veo como un manantial que perdió su fuerza, su flujo vital, su frescura. Cantidad de veces me siento así.

Y no escribo esto porque esté mal, que no. Ni tampoco lo hago con angustia, al contrario. Es que yo soy así, y es mi manera de ser. Y sé que hay primaveras después de los inviernos. Y que la naturaleza devuelve el agua fresca a los pozos fieles. Y lo sé porque lo he vivido. Así puedo agradecer que mi vida, afortunadamente, no dependa del todo de mí, sino de Alguien más grande en quien confío y por quien apuesto.

En este verano adelantado me pongo junto al brocal y espero que Él me regale un poco de Su Agua.

Morir y cambiar el mundo

En estos últimos días una serie de muertes "mediáticas" han llegado a las casas y vidas de mucha gente, también a la mía. Se mueren muchas personas a diario, conocidos sobre todo, pero a estos que te presentan les tienes que llorar, como si a toda la humanidad le hubieran de doler, porque les representen como embajadores de sus distintas facetas...
Si no me equivoco, el primero fue el del Inspector vasco de Policía Eduardo Puelles. Un hombre anónimo. Una muerte injusta. Una vida entregada en medio de mucho riesgo por acabar con la lacra del terrorismo. La suya y la de su familia. Me emocionaron las palabras de su esposa: no me verán llorar... Palabras de orgullo ante uno de los nuestros de quien todos debemos sentirnos orgullosos. Vivió cuidando vidas anónimas que estaban en peligro.
Murió Vicente Ferrer. Reconozco que de este señor sabía más bien poco o nada. He leído en estos días retazos de su vida; era conocido en ciertos ambientes, pero para nada un fenómeno social... Me ha impresionado su trayectoria en estos 89 años. ¡Qué bien que haya personas así! Otra vida entregada. ¿Cómo podrá morir quien ha estado de parte de la Vida? "Lo único que importa, de lo que no puedes dudar, es en hacer el bien, el bien concreto, no solamente el bien de plegaria -que es necesario-, sino el bien concreto. Si no puedo ver a Dios cara a cara, por lo menos con mis ojos veré a los pobres. Y esto va a constituir la totalidad de mi vida". Un hombre ante quien uno debe descalzarse y admirarse...
Y murió Michael Jackson. ¿Alguien queda que no se haya enterado? Nunca sentí simpatía por ese hombre. Más bien me daba pena. Me parecía un ser insatisfecho, frustrado, herido profundamente, que buscaba en el protagonismo social remedio a sus males. Su trágica muerte refleja la tragedia de su vida. Un conmoción internacional, sin duda. No dudo que habrá hecho bien su trabajo y que habrá puesto su granito de arena para mejorar este mundo... aunque siga sin gustarme.
Y ahora me pregunto: ¿quién pasará a la Historia como el más recordado? ¿Quién tendrá monumentos y espacios amplios en las enciclopedias o libros de Historia? ¿Quién habrá hecho más bien? Sobra la respuesta. Yo sé a quién quiero parecerme y de quién quiero aprender. Porque sé que la Historia la construyen los pequeños. Porque sé que la vida, a pesar de heridas y luchas, sólo se tiene para darla. Gracias a los hombres y mujeres pequeños que cambian este mundo.

martes, 19 de mayo de 2009

Premio de poeta


Ya lo he dicho aquí varias veces. En ocasiones me planteo mi vida como un fracaso asumido con paz y confianza. No haré grandes cosas a lo largo de mi existencia. Probablemente me rodearé (como hasta ahora) de pequeña gente que pase desapercibida. Mis trabajos poco aportarán a la sociedad, o incluso al bien de las personas. He entregado mi tiempo a vivir en un cierto olvido y abandono. Sin ser imprescindible nunca para nadie. Sin hacer ningún acto digno de un héroe. Y lo he hecho voluntariamente, no me arrepiento, sino que quiero definirme desde aquí. Tal vez desde el fracaso, el olvido, la contradicción. No se me oculta que así soy comprendido por algunos, y que este será mi sino de por vida.


Convivo con una belleza especial que oculta lo pequeño. Y es tal que en ocasiones ni yo mismo percibo. Vigilo lo más mínimo que se despierta en el interior del ser humano, de mí incluso. Cuido, creo. Me enamoro mucho. Me asombro, cada vez menos, qué pena. Me entreno en amores extraños, incomprensibles, bellos. Disfruto, gozo, aunque haya días en que ni siquiera yo me entiendo. He apostado por un Sueño, a todas luces imposible. Y en él sigo jugando. He cedido el corazón, quizás a ratos, a un Amor que lo es todo, y a veces nada, que me llena y a la vez me deja solo... Sé que soy raro, que nunca seré fecundo, y esto sí me duele.


Y soy tímidamente feliz aunque a ratos lo niegue... Y sigo caminando, porque quiero y porque no sé ya mirar a otro horizonte que me llene tanto... No soy un poeta; soy un pobre enamorado, que quiere dejar la vida en esto, para rendirle así el mejor tributo.


Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas?
Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida;
somos los mensajeros de algo que no entendemos.
Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste;
si miramos, es sólo para verterlo en voz.

No podemos coger ni la flor de un vallado
para que sea nuestra y nada más que nuestra,
ni tendemos tranquilos en medio de las cosas,
sin pensar, a gozarlas en su presencia sólo.

Nunca sabremos cómo son de verdad las tardes,
libre de nuestra angustia su desnuda belleza;
jamás conoceremos lo que es una mujer
en sus profundos bosques donde hay que entrar callado.

Tú no nos das el mundo para que lo gocemos,
Tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.
Y después que la tierra tiene voz por nosotros
nos quedamos sin ella, con sólo el alma grande...

Ya ves que por nosotros es sonora la vida,
igual que por las piedras lo es el cristal del río.
Tú no has hecho tu obra para hundirla en
silencio,
en el silencio huyente de la gente afanosa;
para vivirla sólo, sin pararse a mirarla...

Por eso nos has puesto a un lado del camino
con el único oficio de gritar asombrados.
En nosotros descansa la prisa de los hombres.
Porque, si no existiéramos, ¿para qué tantas cosas
inútiles y bellas como Dios ha creado, tantos ocasos rojos,
y tanto árbol sin fruta, y tanta flor, y tanto pájaro
vagabundo?

Solamente nosotros sentimos tu regalo
y te lo agradecemos en éxtasis de gritos.
Tú sonríes, Señor, sintiéndote pagado
con nuestro aplastamiento de asombro y
maravilla.

Esto que nos exalta sólo puede ser tuyo.
Sólo quien nos ha hecho puede así destruirnos
en brazos de una llama tan cruel y magnífica...

Tú que cuidas los pájaros que dicen tu mensaje,
guarda en la muerte nuestros cansados corazones;
dales paz, esa paz que en vida les negaste,
bórrales el doliente pensamiento sin tregua.

Tú nos darás en Ti el Todo que buscamos;
nos darás a nosotros mismos, pues te tendremos
para nosotros solos, y no para cantarte.

(José María Valverde)